LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 76

el primer rollo termina y no hay segundo rollo y la gente del público tira botellas. Hasta ahora ha tenido suerte, me asegura, y besa su medalla de San Miguel. Es gracias a mí, se jacta, que una sola película se convierte en tres. Soy el que empata el film. Max no es de «la clase alta», como diría mi abuela, y si alguna de las engreídas de la escuela nos viera, se moriría, pero yo le tengo cariño. Me abre las puertas, me llama su morena; cuando se siente valiente, toca mi brazo con suavidad y se retira. Así que pensé que la sensación tenía que ver con Max y un día dejé que me llevara a una cabaña. Estaba tan alborotado que por poco se cae de la cama y lo primero que quiso fue ver mis nalgas. No sabía que mi gran culo podía llamar tanto la atención, pero él lo besó cuatro, cinco veces, me puso la piel de gallina con su respiración y lo declaró un tesoro. Cuando terminamos y él estaba en el baño lavándose, me paré delante del espejo desnuda y miré mi trasero por primera vez. Un tesoro, repetí, un tesoro. ¿Y? Rosío me preguntó en la escuela. Asentí una vez, rá- pido, y ella me agarró y se rió y todas las muchachas que yo odiaba dieron la vuelta a ver qué pasaba, pero ¿qué podían ha- cer? La felicidad, cuando viene, es más fuerte que todas las muchachas insoportables de Santo Domingo juntas. Pero yo seguía confundida porque la sensación se iba ha- ciendo más y más fuerte y no me dejaba dormir, no me daba paz. Comencé a perder carreras, lo que antes nunca me pasaba. No eres tan especial, ¿verdad, gringa?, decían las mucha- chas de los otros equipos, y lo único que se me ocurría era ba- jar la cabeza. Coach Cortés se disgustó tanto que se encerró en el carro y no nos dirigió la palabra a ninguna. Todo esto me estaba volviendo loca, y entonces una noche regresé a casa después de una salida con Max. Me había llevado a pasear a lo largo del malecón —él jamás tenía un centavo para nada— y habíamos visto a los murciélagos zigza- guear entre las palmas y un barco viejo que se alejaba. Él había hablado sin aspavientos de mudarse a los Estados Unidos