LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 73

Bueno, así fue como debió haber sido. Pero no. Miré, miré ha- cía atrás. No pude evitarlo. No es que no conociera la Biblia y toda esa vaina de las estatuas de sal, pero cuando eres la hija de alguien que te ha criado ella sólita, sin ayuda de nadie, es muy difícil abandonar los viejos hábitos. Solo quería asegurarme de que mi mamá no se había fracturado un brazo o rajado el cráneo. En fin, ¿quién coño quiere matar a su propia madre por accidente? Fue solo por eso que miré atrás. Se encontraba tirada en la acera, la peluca se le había caído y estaba fuera de su alcance, y su pobre cabeza calva quedaba expuesta a la luz del día como algo íntimo y vergonzoso, y ella lloraba como un becerro perdido, Hija, hija. Y allí estaba yo, deseando con todo mi ser escapar hacia el futuro. Era precisamente en ese momento cuando necesitaba que esa sensación me diera un norte, pero no lo hizo. Estaba sola. En fin, no tuve los ovarios. Allí estaba ella, tirada, calva como un bebé, lagrimeando, quizá a solo un mes de su muerte y ahí estaba yo, su única hija. No había nada que hacer. Así que regresé. Y cuando me incliné para ayudarla, se aferró a mí con ambas manos. Ese fue el momento que me di cuenta de que ella no había estado llo- rando. ¡Era una farsa! Su sonrisa era como la de una leona. Ya te tengo, dijo, dando un salto de triunfo. Te tengo. Y así fue como terminé en Santo Domingo. Pienso que mi mamá calculó que me sería más difícil escapar de una isla donde no conocía a nadie, y de cierta manera tuvo razón. Ya llevo seis meses aquí y estoy tratando de tomarme las cosas con mucha filosofía. No fue así al principio, pero con el tiempo tuve que darme por vencida. Es como la pelea entre el huevo y la piedra, dijo mi abuela. Nadie gana. Estoy asistiendo a la escuela. No va a contar para nada cuando regrese a Paterson, pero me mantiene ocupada, lejos de las travesuras y rodeada de gente de mi propia edad. No tienes por qué estar todo el día con nosotros los viejos, dice mi abuela. De la escuela, no sé