LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 278
Su mamá levantó el puño con furia, pero La Inca lo inter-
ceptó y sus manos chocaron en el aire. ¿Estás mal?, preguntó
La Inca, y Óscar no pudo decir si hablaba con su mamá o con
él.
En cuanto a Ybón, no contestaba a su cel y las pocas veces
que logró ir cojeando hasta la ventana vio que el Pathfinder no
estaba allí. Te amo, gritó a la calle. ¡Te amo! Una vez llegó
hasta la puerta de su casa y tocó el timbre antes de que el tío se
diera cuenta de que había salido y lo arrastrara de regreso. De
noche todo lo que hacía era estar acostado en la cama y sufrir,
imaginando para Ybón toda suerte de conclusiones horribles al
estilo Sucesos. Cuando sentía que su cabeza estaba a punto de
estallar, intentaba llegar a ella con sus energías telepáticas.
Y al tercer día ella vino. Mientras que se sentaba en el
borde de la cama, su mamá le daba a las cazuelas en la cocina y
decía puta lo suficientemente alto como para que ellos la
oyeran.
Perdóname si no me levanto, Óscar susurró. Experimento
leves dificultades con el cráneo.
Vestía de blanco y tenía el pelo, un tumulto de rizos par-
duscos, todavía mojados de la ducha. Por supuesto que el ca-
pitán le había dado tremenda paliza a ella también, por su-
puesto que tenía los ojos morados (también le había puesto la
Magnum .44 en la vagina y preguntado a quién amaba de ver-
dad). Sin embargo, no había nada en ella que Óscar no hubiera
besado alegremente. Ella le puso los dedos en la mano y le dijo
que nunca podría estar otra vez con él. Por alguna razón, Óscar
no podía ver su cara, estaba borrosa, se había retirado por
entero a ese otro plano suyo. Oyó solo la tristeza de su respi-
ración. ¿Dónde estaba la muchacha que lo había visto vaci-
lando a una flaquita la semana antes y había dicho, medio en
broma: Solo a un perro le gustan los huesos, Óscar? ¿Dónde
estaba la muchacha que se tenía que probar cinco ajuares dife-
rentes antes de salir de la casa? Intentó enfocar la mirada pero
lo único que veía era su amor por ella.
Le alcanzó las páginas que había escrito. Tengo tanto que
hablar contigo...