LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 257

callar con un gesto de la mano. Hijo, te puedes quedar aquí toda tu vida. (Aunque a él le pareció extraño que ella le hiciera llevar un crucifijo inmediatamente después.) Así que, después que Lola volara de vuelta a Estados Unidos (Cuídate mucho, Míster) y el terror y la alegría de su regreso se apaciguaron, después de acomodarse en casa de su Abuela, la casa que la Diáspora había construido, e intentar pensar en lo que iba a hacer con el resto del verano ahora que Lola se había ido, después que su fantasía de una novia isleña pareciera una broma lejana —¿a quién coñazo había estado tratando de engañar? No sabía bailar, no tenía plata, no vestía bien, no tenía seguridad en sí mismo, no era buenmozo, no era europeo, no estaba rapando con ninguna isleña—, después de haber pasado una semana entera escribiendo y (vaya ironía) haber rechazado como cincuenta veces la oferta de sus primos de llevarlo a una casa de putas, Óscar se enamoró de todos modos de una puta semijubilada. Se llamaba Ybón Pimentel. Óscar la consideró el comienzo de su verdadera vida. LA BEBA Vivía a dos casas y era, como los de León, recién llegada a Mi- rador Norte. (La mamá de Óscar había comprado la casa con turnos dobles en sus dos trabajos. Ybón compró la suya con turnos dobles también, pero en una vidriera en Amsterdam.) Ella era una de esas mulatas doradas que los caribeños francófonos llaman chabines, las que mis panas llaman chicas de oro; tenía el pelo trabado, apocalíptico, ojos de cobre, y estaba a un pariente blanco de ser jaba. Al principio, Óscar pensó que estaba solo de visita, esta je- vita minúscula, un chin gordita, que siempre iba taconeando hasta su Pathfinder. (No intentaba aparentar americana, al contrario que la mayoría de sus vecinos del Nuevo Mundo.) Las dos veces que Óscar se topó con ella —en las pausas en su escritura iba a caminar por los cul-de-sacs, calurosos y aburri-