LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 253

La Inca también había cambiado desde la última visita de Óscar. Siempre había parecido eterna, la Galadriel de la fami- lia, pero ahora él podía ver que no era así. Tenía casi todo el pelo blanco y, a pesar de su porte severo, finas arrugas entre- cruzadas marcaban su piel y debía ponerse espejuelos para leer cualquier cosa. Seguía dinámica y orgullosa, y al verlo por primera vez en casi siete años, le puso las manos en los hom- bros y dijo: Mi hijo, al fin has vuelto con nosotros. Hola, Abuela. Y después, con torpeza: Bendición. (´Nama conmovedor, sin embargo, que La Inca y su mamá. Al principio no dijeron nada y después su mamá se cubrió la cara, perdió el control y dijo con voz de niña chiquita: Madre, he vuelto. Y entonces las dos se abrazaron y lloraron, y Lola se unió y Óscar, como no sabía qué hacer, fue con su primo Pedro Pablo a trasladar el equipaje de la camioneta al patio.) En realidad era asombroso cuánto había olvidado de la RD: las lagartijas que había por todas partes y los gallos por la mañana, seguidos de inmediato por los gritos de los plataneros y del tipo que vendía bacalao y su tío Carlos Moya, que lo emborrachó la primera noche con palos de Brugal y a quien los recuerdos que guardaba de él y su hermana le humedecieron los ojos. Pero, sobre todo, había olvidado lo increíblemente bellas que eran las mujeres dominicanas. Duh, dijo Lola. Casi se le tuerce el cuello en los paseos que dio los prime- ros días. Estoy en el cielo, escribió en su diario. ¿En el cielo? Su primo Pedro Pablo sorbió el aire con un desdén exagerado. Esto aquí es un maldito infierno. LAS PRUEBAS DEL PASADO DE UN BRÓDER En las fotos que Lola trajo a casa hay algunas de Óscar en el patio leyendo a Octavia Butler, otras de Óscar en el Malecón