LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 250

Óscar estaba por primera vez de mejor ánimo. Un par de meses antes, tras un combate especialmente horrible con las Tinieblas, había comenzado otra de sus dietas combinada con largas caminatas por el barrio, ¿y adivinen qué? ¡Ese negro mantuvo la disciplina y bajó casi veinte libras! ¡Milagro! Por fin pudo reparar su propulsión iónica; el planeta malvado Gordo lo halaba, pero su cohete estilo años cincuenta, el Hijo del Sacrificio, no lo abandonaba. Contemplen a nuestro explorador cósmico: los ojos de par en par, amarrado al sofá de ace- leración, la mano sobre su corazón de mutante. Ni por asomo podría habérsele considerado esbelto, pero tampoco era ya la esposa de Joseph Conrad. A principios de mes, incluso le había hablado en la guagua a una negrita con espejuelos, le había dicho, De modo que te interesa la foto- síntesis, y ella incluso había bajado su número de Cell y con- testado: Sí, así es. ¿Y qué si no había pasado de las Ciencias Terrestres y no pudo convertir esa leve comunicación en un número de teléfono o una cita? ¿Y qué si se bajó en la parada siguiente y ella no, como él había esperado? El Homeboy es- taba, por primera vez en diez años, sintiéndose renacer; nada parecía incomodarlo, ni sus estudiantes, ni que PBS hubiera cancelado Doctor Who, ni su soledad, ni la corriente sin fin de cartas de rechazo; se sentía insuperable, y los veranos en Santo Domingo... bueno, los veranos en Santo Domingo tienen su encanto propio, incluso para un nerd como Óscar. Cada verano Santo Domingo pone el motor de la Diáspo-ra en marcha atrás y hala a todos los hijos expelidos que puede. Los aeropuertos se traban con gente demasiado arreglada; los cuellos y los portaequipajes gimen bajo el peso acumulado de las cadenas y paquetes de ese año, y los pilotos temen por sus aviones —sobrecargados más allá de lo concebible— y por sí mismos. Los restaurantes, bares, clubes, teatros, malecones, playas, centros turísticos, hoteles, cabanas, habitaciones adicio- nales, barrios, colonias, campos e ingenios repletos de quis- queyanos del mundo entero. Como si alguien hubiera dado una