LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Página 248
Tenía sueños en que vagaba por el malvado planeta Gordo,
buscando piezas de su nave espacial estrellada, pero todo lo
que encontraba eran ruinas quemadas, todas bullendo con
nuevas y debilitantes formas de radiación. No sé lo que me
pasa, le dijo a su hermana por teléfono. Creo que la palabra
apropiada es crisis, pero cada vez que abro los ojos lo único
que veo es desaparición. Esta fue la época en que echaba a los
estudiantes de clase por respirar, en que le decía fuck off a su
mamá, en que no podía escribir una palabra, en que registró el
closet del tío y se llevó el Cok a la sien, en que pensaba en el
puente del tren. Se pasaba días en cama y pensaba que su
mamá iba a estar toda la vida haciéndole la comida, pensaba
en lo que la había oído decirle a su tío un día cuando creyó
que él no estaba: No me importa, me alegra que esté aquí.
Después -cuando dejaba de sentirse por dentro como un
perro apaleado, cuando por fin le era posible levantar la pluma
sin que le entraran ganas de llorar— sufría una abrumadora
sensación de culpa. Le pedía perdón. Si hubo una parte buena
en mi cerebro, es como si alguien se hubiera largado con ella.
Está bien, hijo, dijo su mamá. Tomaba el carro e iba a visitar a
Lola, que después de un año en Brooklyn ahora estaba en
Washington Heights, se estaba dejando crecer el pelo, había
estado embarazada una vez, un momento de verdadero entu-
siasmo, pero abortó al enterarse que yo la engañaba. He regre-
sado, anunciaba cuando entraba por la puerta. Está bien, le de-
cía ella a su vez, y entonces le cocinaba y él se sentaba con ella
a fumar un porro vacilando, sin entender por qué era incapaz de
mantener aquella sensación de amor en su corazón para
siempre.
Comenzó a planear una tetralogía de fantasías ciencia fic-
ciosas que sería su logro supremo. J.R.R. Tolkien mezclado
con E.E. «Doc» Smith. Daba largos paseos. Iba hasta la comu-
nidad amish, comía solo en una cafetería de la carretera, les
echaba el ojo a las jevitas amish, se imaginaba vestido de pre-
dicador, dormía en el asiento trasero del carro y después iba de
regreso a casa.