LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 240
que viajaría a Estados Unidos en 1962, la que Óscar y Lola
nunca conocerían. La Inca sería la única que había visto a
Beli en sus inicios, cuando dormía vestida por completo y
gritaba en medio de la noche, fue quien la vio antes que se
fabricara un ser mejor, con modales de mesa Victorianos y
repugnancia hacia la inmundicia y la gente pobre.
La relación entre ellas, como pueden imaginar, era rara.
La Inca nunca buscó hablar del tiempo que Beli había estado
en las afueras de Azua; nunca hizo referencia a él, ni a la
Quemadura. Hizo como si nunca hubiera existido (de la
misma manera que hacía como si no existieran los pobres
infelices de su barrio cuando, de hecho, el barrio estaba
plagado de ellos). Hasta cuando le echaba crema en la
espalda a la muchacha, cada mañana y cada noche, solo
decía: Siéntese aquí, señorita. Era un silencio, una ausencia
de curiosidad, que a Beli le sentaba muy bien. (Ojalá
hubieran sido tan fáciles de olvidar las oleadas de sentimiento
que a veces le lamían la espalda.) En lugar de hablar de la
Quemadura, o de las afueras de Azua, La Inca le hablaba a
Beli de su pasado perdido y olvidado, de su papá el famoso
médico, de su mamá, la hermosa enfermera, de sus hermanas
Jackie y Astrid y de aquel maravilloso castillo en el Cibao, la
Casa Hatuey.
Puede que nunca llegaran a ser amigas íntimas -Beli de-
masiado furiosa, La Inca demasiado correcta-, pero La Inca sí
le dio a Beli el mayor de los regalos, lo que ella solo
apreciaría mucho después. Una noche, La Inca sacó un
periódico viejo, señaló una fotografía y dijo: Estos son tu
padre y tu madre. Esto, dijo, es quien eres.
Era el día que abrieron la clínica: tan jóvenes, los dos tan
serios.
Para Beli, esos meses fueron de verdad su único Refugio,
un mundo de seguridad que nunca creyó posible. Tenía ropa,
tenía comida, tenía tiempo y La Inca nunca jamás le gritaba.
No le gritaba por nada y tampoco dejaba que nadie le gritara.
Antes de que La Inca la matriculara en el Colegio El Re-
dentor con los niños ricos, Beli había asistido a una escuela
pública polvorienta, infestada de moscas, con niños tres años