LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 221

Fue conducido con toda rapidez a Santiago (todos aque- llos a los que pasaron por el camino se cuidaron de desviar la mirada al paso del Chevrolet) y llevado a la Fortaleza San Luis. El Filo de su miedo se convirtió en cuchillo cuando entraron en tan notorio lugar. ¿Está seguro que es aquí? Abelard tenía tanto miedo que la voz se le quebraba. No se preocupe, Doctor, contestó Número Dos, está donde debe estar. Había permanecido callado tanto tiempo que a Abelard se le había olvidado que hablaba. Ahora era Número Dos quien sonreía y Número Uno quien centraba su atención al otro lado de la ventanilla. Una vez adentro de aquellas paredes de piedra, los corteses oficiales del SIM lo entregaron a un par de guardias no tan corteses que le pelaron los zapatos, la cartera, la correa, el anillo de boda, y después lo sentaron en una oficina atestada y calurosa para que llenara unos modelos. Había en el aire un penetrante olor a culo maduro. En ningún momento apareció un oficial que le explicara el caso, nadie escuchó sus peticiones y, cuando comenzó a levantar la voz para quejarse de cómo lo trataban, el guardia que mecanografiaba los modelos se inclinó y le dio un puñetazo en la cara. Como si extendiera el brazo para alcanzar un cigarrillo. El hombre llevaba un anillo con el que le reventó el labio de un modo terrible. El dolor fue tan repentino, su incredulidad tan enorme, que a través de los dedos con que se cubría la boca Abelard llegó a preguntar: ¿Por qué? El guardia le pegó de nuevo, duro, y esta vez le hizo un surco en la frente. Así es como contestamos aquí las preguntas, dijo en tono práctico, al tiempo que se inclinaba para asegurarse de haber colocado el modelo alineado correctamente en la máquina de escribir. Abelard comenzó a sollozar, mientras la sangre le brotaba entre los dedos. Eso le encantó al guardia mecanógrafo, que llamó a sus amigos de las otras oficinas. ¡Miren a este! ¡Miren cómo le gusta llorar! Antes que Abelard supiera lo que pasaba, lo metieron en una celda común que apestaba a sudor de malaria y diarrea y estaba repleta de representantes impropios de lo que Broca