LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 215
pero que siempre le había seguido la corriente a Trujillo.
Cuando en 1937 el ejército había comenzado a asesinar a
todos los haitianos, su padre les había permitido usar sus
caballos, y cuando no le devolvieron ni uno, no le dijo nada a
Trujillo. Lo asumió como costo del negocio. Abelard siguió
bebiendo y preocupándose, dejó de ver a Lydia, se aisló en
su estudio y al fin se convenció a sí mismo que nada iba a
pasar. Era solo una prueba. Les dijo a su esposa y a su hija
que se prepararan para la fiesta sin mencionar que era una
fiesta de Trujillo. Lo hizo parecer como que no fuera nada.
Se odiaba hasta la médula por su mendacidad, pero ¿qué otra
cosa habría podido hacer? Tarde venientibus ossa.
Es probable que todo hubiera salido bien, pero Jackie
estaba tan emocionada. Dado que era su primera fiesta, ¿a
quién le sorprende que para ella fuera un acontecimiento?
Fue con su mamá a comprarse un vestido, fue a la peluquería,
se compró zapatos nuevos y una de sus parientes femeninas
incluso le regaló un par de aretes de perla. Socorro ayudó a
su hija en cada aspecto de la preparación, sin suspicacia
ninguna, pero a una semana de la fiesta empezó a tener unos
sueños terribles. Estaba en su pueblo natal, donde se había
criado hasta que la tía la adoptó y matriculó en la escuela de
enfermería, antes que descubriera que tenía el don de Curar.
De pie en el camino polvoriento bordeado de franchipanes
que todos decían llegaba hasta la capital, y en la distancia
que el calor hacía ondular, veía que un hombre se acercaba,
una figura distante que le inspiró tanto pavor que se despertó
gritando. Abelard saltó de la cama aterrado, las muchachas
lloraban en sus cuartos. Tuvo aquel sueño casi todas las
malditas noches de esa última semana, un reloj en conteo
regresivo.
Lydia le rogó a Abelard que se fuera con ella en vapor a
Cuba. Ella conocía al capitán, los escondería, le juró que era
posible. Volveremos por tus hijas después, te lo prometo.
No puedo, le dijo, muy abatido. No puedo dejar a mi fa-
milia.
Ella siguió peinándose. No se dijeron una palabra más.