LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 213

Consultó de nuevo con Marcus y Lydia. (No le dijo nada de la invitación a su esposa, no queriendo asustarla, ni tampoco a su hija. No quería siquiera pronunciar palabra en su propia casa.) A pesar que la última vez se había comportado de forma bastante racional, ahora estaba fuera de serie despotricando como un demente. Con indignación creciente, estuvo lamen- tándose con Marcus durante casi una hora de la injusticia, de la desesperanza de todo lo que los rodeaba (un asombroso circunloquio, porque ni una vez nombró directamente a la persona de quien se quejaba). Alternaba entre la rabia impotente y la autocompasión patética. Al fin, su amigo tuvo que taparle la boca al buen doctor para poder decir una palabra, pero Abelard siguió hablando. ¡Es una locura! ¡Una absoluta locura! ¡Soy el padre de familia! ¡Soy quien dice qué va! ¿Qué puedes hacer?, preguntó Marcus, con no poco fata- lismo. Trujillo es el presidente y tú apenas un médico. Si quiere a tu hija en la fiesta, no puedes hacer nada salvo obe- decer. ¡Pero es inhumano! ¿Cuándo ha sido humano este país, Abelard? Eres historiador. Si alguien debe saberlo, eres tú. Lydia fue aún menos compasiva. Leyó la invitación, mur- muró un coño y entonces le cayó encima. Te lo advertí, Abe- lard. ¿No te dije que mandaras a tu hija al extranjero cuando todavía era posible? Podía haber estado con mi familia en Cuba, sana y salva, pero ahora estás jodio. Ahora te tiene el Ojo encima. Lo sé, lo sé, Lydia, pero ¿qué debo hacer? Jesucristo, Abelard, dijo trémulamente. ¿Qué opciones hay? Estás hablando de Trujillo. En la casa, el retrato de Trujillo que colgaba de la pared de todo buen ciudadano lo miraba desde arriba con benevolencia insípida, viperina. Quizá si el doctor hubiera agarrado de inmediato a sus hijas y esposa y las hubiera sacado del país clandestinamente