LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 212
Caracas, y hasta recibió respuestas elogiosas de un par de
médicos del continente, lo que sin duda fue muy halagüeño.
Al negocio de los supermercados no le podía ir mejor; la Isla
seguía en el auge económico que la guerra había creado y a
sus administradores se les dificultaba mantener llenos los
estantes. Las fincas producían y obtenían ganancias; todavía
faltaban años para que se produjera el desplome mundial de
los precios de los productos agrícolas. Abelard tenía una gran
clientela y realizaba un número elevado de difíciles
intervenciones quirúrgicas con habilidad impecable; sus hijas
prosperaban
(Jacquelyn
había
sido
aceptada
en
un
prestigioso internado en Le Havre en que comenzaría al año
siguiente: su oportunidad de escapar); su esposa y su querida
lo cubrían de afecto; hasta los criados parecían estar
contentos (no es que él realmente les hablara alguna vez). En
términos generales, el buen doctor debía de estar
inmensamente satisfecho consigo mismo. Debía terminar
cada día con los pies alzados, un cigarro en la boca y una
amplia sonrisa arrugando sus facciones osunas.
Era —¿nos atrevemos a decirlo?— una buena vida.
Salvo que no lo era.
En febrero hubo otra celebración presidencial (¡por el
Día de la Independencia!) y esta vez la invitación fue
explícita. Para el Dr. Abelard Luis Cabral y esposa e hija
Jacquelyn. La parte que decía e hija Jacquelyn había sido
subrayada por el anfitrión. No una ni dos, sino tres veces.
Abelard estuvo a punto del desmayo cuando vio el maldito
papel. Se dejó caer en su escritorio, el corazón empujando
contra el esófago. Se quedó mirando fijamente durante casi
una hora el trozo de vitela antes de doblarlo y guardárselo en
el bolsillo de la camisa. A la mañana siguiente visitó al
anfitrión, un vecino. Este se encontraba en su corral, mirando
torvamente cómo algunos de sus criados intentaban obligar a
uno de sus sementales a montar. Cuando vio a Abelard su
cara se ensombreció. ¿Qué coñazo quieres que haga? La
orden vino directo de Palacio. Cuando se dirigía de regreso a
su carro, Abelard trató de disimular que temblaba.