LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 207

Me alegra saberlo, dijo El Jefe, tenía miedo que te hubieras metido a maricón. Entonces se volvió a los lambesacos y rió. Oh, Jefe, chirriaron, usted es demasiado. Era en este momento que otro bróder, encojonado, hu- biera dicho algo para defender su honor, pero Abelard no era ese bróder. No dijo nada. Por supuesto, continuó El Jefe, quitándose una lágrima del ojo con el nudillo, no eres ningún maricón, porque he oído que tienes hijas, Dr. Cabral, una de ellas muy bella y elegante, ¿no? Abelard había ensayado una docena de respuestas a esta pregunta, pero la que ofreció fue puro reflejo, brotó de la nada: Sí, Jefe, tiene razón, tengo dos hijas. Pero, para decirle la verdad, solo quienes gustan de las mujeres con bigotes las encuentran hermosas. Por un instante, El Jefe no dijo nada y en ese silencio retorcido Abelard pudo ver a su hija violada ante sus ojos, mientras a él lo bajaban con una lentitud atroz a la infame piscina de tiburones de Trujillo. Pero entonces, milagro de milagros, El Jefe arrugó su cara porcina y rió, Abelard rió también y El Jefe siguió de largo. Cuando Abelard llegó a la casa en La Vega más tarde esa misma noche, despertó a su esposa de un sueño profundo para que pudieran rezar y agradecerle a los cielos la salvación de su familia. Abelard nunca había sido rápido de palabra. La inspiración solo pudo haber venido de los espacios ocultos de mi alma, le dijo a su esposa. De un Ser Numinoso. ¿Quieres decir de Dios?, preguntó su esposa. Quiero decir de alguien, dijo Abelard, misterioso ¿Y ENTONCES? Tres meses seguidos estuvo Abelard esperando el Fin. Esperó que su nombre empezara a aparecer en la sección del «Foro Popular» del periódico, críticas veladas a cierto médico de huesos de La Vega —así era como el régimen