LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 205
Abelard también se lo comentó a su querida, la señora
Lydia Abenader, una de las tres mujeres que habían
rechazado su propuesta de matrimonio cuando regresó de sus
estudios en México... ahora viuda y su amante número uno.
Era la mujer que su padre había querido que él enganchara y,
cuando no pudo cerrar el trato, este se estuvo burlando de él,
llamándolo medio hombre, hasta los últimos días de su
biliosa vida (tercera razón por la que había perseguido a
Socorro).
Por último habló con su vecino y amigo de muchos años,
Marcus Applegate Román, a quien llevaba y traía a menudo
de los eventos presidenciales porque no tenía carro. Con
Mar-cus había sido un arrebato espontáneo; el peso del
problema en realidad lo aplastaba; iban de regreso a La Vega
por una de las antiguas vías de la Ocupación Militar en
medio de una noche de agosto y cruzaban las tierras de
labrantío, negras negras, del Cibao, con tanto calor que iban
con las ventanillas del carro completamente abiertas, lo que
provocaba que una corriente constante de mosquitos les
entrara por la nariz, y, de la nada, Abelard comenzó a hablar.
Las jóvenes no tienen ninguna oportunidad de desarrollarse
en este país sin que las molesten, se quejó. Entonces, como
ejemplo, dio el nombre de una joven a la que El Jefe había
desflorado hacía poco, una muchacha de la que los dos
sabían, graduada de la Universidad de la Florida e hija de un
conocido. Al principio, Marcus no dijo nada; en la oscuridad
del interior del Packard, su cara era una ausencia, una laguna
de sombras. Un silencio preocupante. Marcus no era para
nada admirador de El Jefe y en más de una ocasión en
presencia de Abelard lo había llamado «bruto» e «imbécil»,
pero no por eso Abelard dejó de percibir de repente su
indiscreción colosal (así era la vida en esos días de la Policía
Secreta). Al Fin, Abelard le preguntó, ¿No te incomoda?
Marcus se inclinó para encender un cigarrillo y al fin su
cara reapareció, demacrada pero familiar. No podemos hacer
nada en ese sentido, Abelard.
Pero imagina que estuvieras en una situación parecida,
¿cómo te protegerías?