LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 204

pasaba. Vivían tan despreocupadas como hobbits y ni se imaginaron la sombra que asomaba en el horizonte. En sus días libres, cuando no estaba en la clínica o escribiendo en su estudio, Abelard se paraba en la ventana de atrás de su estudio y miraba a sus hijas en sus juegos tontos de niñas hasta que su corazón no podía aguantar más el dolor. Cada mañana, antes de comenzar sus estudios, Jackie es- cribía en una hoja de papel en blanco: Tarde venientibus ossa. A los rezagados les quedan los huesos. Abelard hablaba de estos asuntos solo con tres personas. La primera, por supuesto, era su esposa Socorro. Socorro (se debe decir) era un Talento por derecho propio. Una belleza famosa del este (Higüey) y fuente de la hermosura de sus dos hijas. En su juventud, había parecido una Dejah Thoris prieta (una de las principales razones por las que Abelard había perseguido a una muchacha tan por debajo de su clase) y también había sido unas de las mejores enfermeras clínicas con las que había tenido el honor de trabajar en México o en la República Dominicana, lo cual, dada la valoración de sus colegas mexicanos, no era poco elogio. (Segunda razón por la que la había perseguido.) Su dedicación al trabajo y su conocimiento enciclopédico de las curaciones y remedios tradicionales la hacían imprescindible en su consultorio. Sin embargo, la reacción de ella a sus preocupaciones por lo de Trujillo fue típica; era una mujer inteligente, hábil, trabajadora, que no pestañaba al enfrentarse al spray arterial que silbaba de un muñón tajado por un machete, pero cuando había amenazas más abstractas como, por ejemplo, Trujillo, se obstinaba y encaprichaba en no reconocer que pudiera existir un problema, mientras no dejaba de vestir a Jackie con la ropa más sofocante. ¿Por qué le andas diciendo a la gente que estoy loca?, preguntaba, molesta. era la excepción porque a) tenía un aspecto cabronamente dominicano y b) du- rante el genocidio, Socorro lo había ocultado dentro de la casa de muñecas de su hija Astrid. Estuvo cuatro días allí, apretujado como una Alicia mulata.