LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 201

esposa, que era su enfermera número uno y mejor asistente, se unían a cada misión médica que Trujillo organizaba, por lejos que fuera en el campo. Y nadie pudo reprimir mejor que Abelard la carcajada cuando El Jefe ganó unas elecciones, ¡con el 103 por ciento! ¡Qué entusiasmo tenía el pueblo! Cuando se celebraban banquetes en honor a Trujillo, Abelard siempre viajaba a Santiago para asistir. Llegaba temprano, se iba tarde, sonreía sin fin y no decía ni pío. Desconectaba su motor intelectual warp y funcionaba estrictamente por iner- cia. Llegado el momento, Abelard le estrechaba la mano a El Jefe, lo cubría en la cálida efusión de su idolatría (si piensan que el trujillato no fue homoerótico, entonces, para citar al Sacerdote, no entienden na) y, sin más, desaparecía de nuevo en las sombras (como en la película preferida de Óscar, Point Blank). Se mantenía todo lo alejado de El Jefe que le era posible -no tenía la falsa ilusión de ser un igual de Trujillo, su compinche o alguien a quien por alguna causa necesitara—, al fin y al cabo los bróders que se metían con él tendían a terminar con casos fatales de mortitis. A Abelard no le hacía daño alguno que su familia no estuviera toda en el bolsillo de El Jefe, que su papá no hubiera cultivado tierras o tuviera negocios en proximidad geográfica o competitiva con los de El Jefe. Su contacto con Fuckface era felizmente limitado. 25 Abelard y El Cuatrero Fracasado pudieron haber flotado uno al lado del otro en los Pasillos de la Historia de no haber sido por el hecho de que, a partir de 1944, en lugar de llevar a 25. El habría deseado que así también hubiera sido su contacto con Bala- guer. En aquellos días el Demonio Balaguer todavía no se había convertido en el Ladrón de las Elecciones; era solo el ministro de Educación de Trujillo - pueden ver sus logros en ese campo— y aprovechaba toda oportunidad que se le presentaba para arrinconar a Abelard. Deseaba hablar con Abelard sobre sus teorías— que eran cuatro partes Gobineau, cuatro partes Goddard y dos partes eugenesia racial alemana. Las teorías alemanas, le aseguraba a Abelard, estaban muy de moda en el continente. Abelard asentía. Ya veo. (Y, bueno, ustedes se preguntarán, ¿quién era el más inteligente? No había comparación alguna. En un encuentro de tablas y escaleras, Abelard, El Cerebro del Cibao, hubiera acabado con el «Genio del Genocidio» en un dos por tres.)