LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | страница 158

mis amigos -de todos mis maravillosos amigos-, solo Lola se preocupó por mí. Se enteró de la paliza por mi pana Melvin y vino corriendo. Nunca tan contento de ver a alguien. Lola, con sus grandes dientes inocentes. Lola, que llegó a llorar cuando vio el estado en que me encontraba. Ella fue quien se ocupó de mí cuando estaba hecho leña. Cocinó, limpió, me trajo la tarea, me consiguió medicina, hasta se aseguró de que me bañara. Es decir, me cosió los granos, y no cualquier mujer hace eso por un hombre. Créanme. Apenas podía pararme de lo mucho que me dolía la cabeza, pero ella me lavaba la espalda y eso es lo que más recuerdo de todo el asunto. Su mano en aquella esponja y esa esponja sobre mí. Aunque yo tenía novia, fue Lola quien pasó esas noches conmigo. Se peinaba una, dos, tres veces antes de doblar su largo cuerpo y meterse en la cama. Ni un paseíto nocturno más pa ti, ¿OK, Kung Fu? Cuando uno está en la universidad, se supone que nada importa, se supone que todo es una chulería, pero, créanlo o no, Lola me importaba. Y era fácil dejar que me importara. Lola era casi lo opuesto al tipo de jeva que yo solía rapar: aquella mujerona medía como seis pies de estatura y na de tetas y era más prieta que la más negra de las abuelitas. Era como dos muchachas en una: un torso flaquísimo casado con un par de caderas de Cadillac y el caminao de un burro borracho. Era una de esas jevitas que son pura macana: líderes de todas las organizaciones universitarias y de business suit en los mitins. Era la presidenta de su hermandad de mujeres, jefa de la S.A.L.S.A. y copresidente de Take Back the Night. Ademas, hablaba un español perfecto un tanto pedante. Nos conocimos el fin de semana anterior al comienzo del primer año, pero no fue hasta el segundo que estuvimos juntos, después que su mamá se enfermó otra vez. Lo primero que me dijo fue: Llévame a casa, Yunior, y a la semana ya nos habíamos empatado. Recuerdo que llevaba un par de sudadores que decían Douglass y una camiseta que anunciaba Tri-be. Se quitó el anillo que le había dado su novio y me besó. Sus ojos oscuros nunca dejaron los míos.