LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 154

Estaba pal combate, sin duda. Sabía que cuando cae Gon-dolin no se espera que los balrogs toquen con suavidad la puerta. Hay que moverse. Y moverse fue precisamente lo que hizo. Se consiguieron papeles, se untaron las manos de algunos, se buscaron permisos. En otra época no habría sido posible, pero con la muerte de El Jefe y la Cortina de Plátano destrozada, todo tipo de escapatoria estaba ahora a mano. La Inca le dio fotos y cartas a Beli de la mujer con quien estaría en un lugar llamado El Bronx. Pero nada de esto le llegaba a Beli. Ignoró las fotos, olvidó las cartas, de modo que cuando llegó a Idlewild no tenía idea de a quién debía buscar. La pobrecita. Justo cuando las tensiones entre El Buen Vecino y lo que quedaba de la Familia Trujillo alcanzaban el punto de ruptura, Beli debió comparecer ante un juez. La Inca le hizo echarse hojas de mamón en los zapatos para que no le hiciera demasiadas preguntas. La muchacha pasó todo el trámite entu- mecida, divagando. La semana anterior, ella y El Gángster al fin habían logrado encontrarse en una de las primeras cabañas de la capital. La que administraban unos chinos, a la que Luis Díaz cantaba su famosa canción. No fue la reunión que ella había esperado. Ay, mi pobre negrita, gimió él, acariciándole el pelo suavemente. Pero donde una vez hubo relámpagos ahora solo había unos dedos gruesos en su pelo lacio. Nos traicionaron, a ti y a mí. ¡Horriblemente traicionados! Ella trató de hablar del bebé muerto, pero él despidió el fantasma diminuto con un gesto de la mano y pasó a sacarle los pechos enormes de la vasta armadura de su brasier. Tendremos otro, le prometió. Voy a tener dos, dijo ella en voz baja. Él se rió. Tendremos cincuenta. El Gángster todavía llevaba mucho en la cabeza. Le preocupaba el destino del trujillato, le preocupaba que los cubanos se preparaban para invadir. Mataron a gente como yo en los simulacros de juicios. Seré la primera persona que buscará el Che. Estoy pensando en irme a Nueva York. Le hubiera gustado que dijera, No, no te vayas, o al menos que hubiera dicho que la acompañaría. Pero, por el contrario, le