LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 148
Lo mataron a balazos, susurró, la misma noche que habían
secuestrado a Beli.
Nadie sabe nada todavía. Salvo que está muerto. 19
19. Dicen que iba rumbo a un culo aquella noche. ¿A alguien le sorprende?
Un culócrata consumado hasta el final. Quizá en su última noche, El Jefe,
arrellanado en el asiento trasero de su Bel Air, pensaba solo en el toto rutinario
que lo esperaba en la Estancia Fundación. Quizá no pensaba en nada. ¿Quién
sabe? En cualquier caso: un Chevrolet negro se aproxima con rapidez, como la
misma Muerte, repleto de asesinos de las clases más altas pagados por Estados
Unidos, y ahora los dos carros se acercan a los límites de la ciudad, donde
terminan los faroles (porque, que conste, la modernidad tiene sus límites en
Santo Domingo), y en la distancia oscura se cierne la feria ganadera donde
diecisiete meses antes otro joven había intentando asesinarlo. El Jefe le pide a su
chofer, Zacarías, que ponga el radio, pero —qué apropiado- hay una lectura de
poesía y entonces lo apaga. Puede que la poesía le recuerde a Galíndez.
Puede que no.
El Chevy negro hace, inofensivamente, una señal con sus luces, pidiendo
pasar, y Zacarías, pensando que es la Policía Secreta, cumple y baja la velocidad,
y cuando los carros están uno al lado del otro, la escopeta en mano de Antonio de
la Maza (cuyo hermano -qué sorpresa— fue asesinado cuando se encubrió lo de
Galíndez... lo que demuestra que siempre hay que tener cuidado al matar nerds
porque nunca se sabe quién vendrá atrás de ti) hace ¡bu-ya! Y ahora (según la
leyenda) El Jefe grita, ¡Coño, me hirieron! La segunda ráfaga de la escopeta le da
a Zacarías en el hombro y casi detiene el carro, por el dolor y choque y sorpresa.
Aquí ahora viene el intercambio famoso: Coge las armas, dice El Jefe. Vamos a
pelear. Y Zacarías dice: No, Jefe, son muchos, y El Jefe repite: Vamos a pelear.
Podía haberle ordenado a Zacarías que le diera vuelta al carro y regresara a la
seguridad de su capital pero, por el contrario, decidió terminar como Tony
Montana. Tambaleándose, Trujillo sale del Bel Air acribillado a balazos, con un
.38 en la mano. El resto es, por supuesto, historia, y si esto fuera una película se
tendría que filmar en cámara lenta al estilo de John Wbo. Le dispararon
veintisiete veces —qué número tan dominicano— y se dice que a pesar de sufrir
cuatrocientos puntos de impactos, Rafael Leónidas Trujillo Molina, herido
mortalmente, dio dos pasos hacia el lugar donde nació, San Cristóbal, porque,
como sabemos, todos los niños, buenos y malos, al fin encuentran su camino a
casa; pero, pensándolo mejor, se volvió a La Capital, su ciudad querida, y cayó
por última vez. Zacarías, a quien una ronda de
.357 le había arrugado la región
centroparietal, cayó en la hierba junto a la carretera; milagro de milagros,
sobreviviría para hacer el cuento del ajusticiamiento. De la Maza, quizá
pensando en su pobre hermano difunto a quien le habían tendido la trampa, le
quitó el .38 de la mano muerta a Trujillo y le disparó a la cara, pronunciando las
palabras ahora tan famosas: Este guaraguao ya