LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 143

bastante grande para su especie y colocó sus pequeñas e inte- ligentes patas en el pecho de Beli y la miró fijamente. Tienes que levantarte. Mi bebé, Beli lloró. Mi hijo precioso. Hypatía, tu bebé está muerto. No, no, no, no, no. La mangosta le tiró del brazo que no estaba roto. Tienes que levantarte ahora o nunca tendrás tu hijo o tu hija. ¿Qué hijo?, se lamentó. ¿Qué hija? Los que están por llegar. Todo estaba oscuro y sus piernas temblaban bajo ella como el humo. Tienes que seguir. La mangosta se metió entre la caña y Beli, pestañeando para limpiarse las lágrimas, comprendió que no tenía idea al- guna de cómo salir de ahí. Como ustedes saben, los cañavera- les no son ninguna fokin broma e incluso el más listo de los adultos puede confundirse en sus laberintos infinitos y reapa- recer meses después como un camafeo de huesos. Pero antes de que Beli perdiera la esperanza, oyó la voz de la criatura. ¡Ella (porque tenía dejo de hembra) cantaba! Tenía un acento que Beli no podía situar: quizá venezolano, quizá colombiano. Sueño, sueño, sueño, como tú te llamas. Beli se aferró con va- cilación a la caña, como un anciano que se agarra a una hama- ca y, jadeando, dio el primer paso, un largo mareo tratando de no desmayarse, y luego el siguiente. Fue un avance precario porque sabía que si se caía nunca se volvería a poner en pie. A veces veía los ojos de chabine de la criatura destellar entre las cañas. Yo me llamo sueño de la madrugada. Las cañas no que- rían que se fuera, por supuesto; le cortaron las palmas de las manos, le pincharon los flancos y le arañaron los muslos, y su dulce hedor le obstruía la garganta. Cada vez que pensaba que se iba a caer se concentraba en las caras del futuro que le había sido prometido —los hijos prometidos- y así tuvo la fuerza necesaria para continuar. Tomó de la fuerza, de la esperanza, del odio, de su corazón invencible, cada uno un pistón diferente que la llevaba