LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 139
como sedal volando en manos de un pescador. Y antes de que
se pudiera decir ¡Santo! ¡Santo! ¡Santo! tenía a su alrededor
una multitud de mujeres, jóvenes y viejas, fieras y mansas,
serias y alegres, incluso las que antes habían chismoseado
sobre la muchacha y la habían llamado puta. Llegaron sin
invitación y se sumaron a la plegaria sin siquiera un murmullo.
Dorca estaba allí, y la esposa del dentista, y muchas, muchas
más. Enseguida el lugar se llenó de fieles y pulsaba con un
espíritu tan denso que se rumoró que el mismo Diablo tuvo
que evitar el Sur durante meses. La Inca no se dio cuenta. Un
huracán podía haberse llevado la ciudad entera y no habría roto
su concentración. Su cara veteada, su cuello nervudo, la sangre
que rugía en sus oídos. Estaba demasiado perdida, demasiado
entregada a la tarea de extraer a la muchacha del Abismo. Tan
furioso y tan implacable era el paso de La Inca, de hecho, que
algunas mujeres sufrieron el shetaat (el agotamiento espiritual)
y se desvanecieron, para jamás sentir de nuevo en su cuello el
aliento divino del Todopoderoso. Incluso una perdió la
capacidad de distinguir el bien del mal y años después se
convirtió en una de las principales diputadas de Balaguer. Para
cuando terminaba la noche, solo quedaban tres del círculo
original: La Inca, por supuesto, su amiga y vecina Momona
(quien se decía podía curar las verrugas y fertilizar un huevo
de una sola mirada), y una niña valerosa de siete años cuya
piedad se había visto oscurecida hasta ese momento por una
tendencia a soplarse los mocos de la nariz como un hombre.
Rezaron hasta la extenuación y más allá, hasta ese lugar
brillante donde la carne muere y renace, donde todo es agonía
y, al fin, justo cuando La Inca sentía que su espíritu comenzaba
a soltarse de sus piñones terrenales, justo cuando el círculo
comenzaba a disolverse...