LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Seite 130

Sonrió y le dio una palmadita en la barbilla. Entonces lo serás, mi negra bella. Al día siguiente la burbuja protectora del idilio al fin esta- lló y los problemas del mundo real se colaron a toda prisa. Una motocicleta conducida por un policía gordísimo llegó a la cabana. Capitán, lo necesitan en el Palacio, dijo por debajo de la correa del casco. Más problemas con los subversivos, pa- rece. Enviaré un carro por ti, prometió El Gángster. Espéra- me, dijo ella, iré contigo, no queriendo verse abandonada una vez más, pero él no oyó o no le importó. Espera, coño, gritó frustrada. Pero la motocicleta nunca aminoró la marcha. ¡Es- pera! Y el carro nunca llegó. Por suerte, Beli había desarrolla- do el hábito de robarle dinero mientras dormía a fin de poder mantenerse durante sus ausencias, de no ser así se hubiera quedado varada en aquella fokin playa. Después de esperar ocho horas como una pariguaya, tomó el bolso (dejó los co- rotos de él en la cabaña) y se marchó bajo el calor hirviente como una venganza en dos patas; caminó por lo que pareció medio día, hasta que al fin llegó a un colmado donde un par de campesinos insolados compartían una cerveza caliente mientras el colmadero, sentado bajo la única sombra, espanta- ba las moscas de sus dulces. Cuando se percataron de su pre- sencia, todos se pusieron en pie en un salto. Para entonces la cólera de Beli se había consumido y lo único que quería era no dar un paso más. ¿Conocen a alguien con carro? Y al me- diodía ya estaba camino a casa en un Chevy ahogado en pol- vo. Mejor aguante la puerta, aconsejó el chofer, porque se puede caer. Pues que se caiga, dijo ella, los brazos cruzados con fir- meza. En algún momento pasaron por una de esas comunidades que, como ampollas dejadas de la mano de Dios, con frecuen- cia obstruyen las arterias existentes entre las ciudades princi- pales, tristes colecciones de casuchas que parecen depositadas in situ por un huracán o alguna otra calamidad. En el único comercio visible colgaba de una soga un chivo de aspecto poco atrayente, despellejado para dejar ver su musculatura