LA MARAVILLOSA VIDA DE OSCAR WAO la maravillosa vida breve de oscar wao | Page 119
régimen:
Johnny
Abbes,
Joaquín
Balaguer
y
Félix
Bernardino, y aunque no hay ninguna de él con El Jefe, no
cabe duda de que compartieron y hablaron mucha mierda.
Fue el mismo Gran Ojo quien le concedió autoridad sobre
ciertos negocios de la familia Trujillo en Venezuela y Cuba,
y fue bajo su administración draconiana que el dólar empezó
a rendir tres veces lo que antes por los favores de los
trabajadores sexuales dominicanos. En los años cuarenta, El
Gángster estaba en su mejor momento; viajó a lo largo y
ancho del continente americano, de Rosario a Nueva York, al
estilo del chulo supremo, alojándose en los mejores hoteles,
rapando con las jevas más sabrosas (aunque jamás perdió el
gusto sureño por las morenas), cenando en restaurantes de
cuatro estrellas, confabulando con archicriminales del mundo
entero.
Oportunista inagotable, levantaba negocios allí por donde
iba. Maletas repletas de dólares lo acompañaban en sus idas y
venidas de la capital. Pero la vida no siempre era agradable.
Un montón de actos de violencia, un montón de piñas y pu-
ñalazos. Él mismo sobrevivió a un sinfín de intentos de robo
y después de cada tiroteo, después de cada drive-by, se
peinaba y siempre enderezaba su corbata, el reflejo
automático del chulo. Era un verdadero gángster, tenía la
calle en los huesos, y llevaba la vida que todos esos raperos
que no saben na de na solo pueden describir en sus rimas.
Fue también en esta época que se oficializó su largo
flirteo con Cuba. Puede que El Gángster haya abrigado amor
por Venezuela y sus muchas mulatas zanquilargas, puede que
haya ardido por las bellezas altas y heladas de la Argentina, y
se haya derretido por las morenas incomparables de México,
pero era Cuba la que le partía el alma, era allí donde se sentía
como en su casa. Que se pasaba seis de cada doce meses en
La Habana era un estimado conservador y, en honor a sus
predilecciones, el nombre en clave que la Policía Secreta le
había puesto era
MAX
G Ó M E S . Iba tan a menudo a La
Habana que fue más producto de la inevitabilidad que de la
mala suerte que el 31 de diciembre de 1958, la noche que