LA LADRONA DE LIBROS La ladrona de libros | Seite 345
Markus Zusak
La ladrona de libros
Hans estaba a punto de hacerle la pregunta pertinente cuando oyó una voz
a su espalda. Junto a ella venía el enjuto rostro de un joven de sonrisa
desdeñosa: Reinhold Zucker.
—Para nosotros, el enemigo no está al otro lado de la colina o en un lugar
en concreto —se explicó—. Está por todas partes. —Volvió a concentrarse en la
carta que estaba escribiendo—. Ya lo verás.
En el caótico espacio de pocos meses, Reinhold Zucker moriría. Lo mataría
el asiento de Hans Hubermann.
A medida que la guerra sobrevolaba Alemania con mayor intensidad, Hans
aprendió que todos los turnos empezaban igual. Los hombres se reunían junto
al camión para recibir las instrucciones sobre el objetivo que había sido
alcanzado durante el descanso, sobre cuál podría ser el próximo y sobre quién
trabajaba con quién.
Aunque no hubiera bombardeos, seguía habiendo mucho trabajo que hacer.
Se abrían paso a través de ciudades destruidas, limpiando escombros. En el
camión iban doce hombres encorvados, dando brincos al ritmo de los baches
del camino.
Desde el principio quedó claro que cada uno tenía su propio asiento.
Reinhold Zucker ocupaba el del centro de la hilera de la izquierda.
El de Hans Hubermann estaba al fondo, donde la luz del día llegaba
inclinada. Aprendió rápido a estar atento a los cascotes que podían llover desde
cualquier parte y alcanzar el interior del vehículo. Hans reservaba un respeto
especial por las colillas de cigarrillo encendidas que pasaban volando.
CARTA A CASA
«A mis queridas Rosa y Liesel:
Por aquí las cosas van tirando.
Espero que las dos estéis bien.
Con cariño, papá.»
A finales de noviembre probó su primera ración ahumada de bombardeo
real. Los escombros se abalanzaban sobre el camión y había gente corriendo y
gritando por todas partes. Los incendios se repetían allí donde se mirara y los
armazones de los edificios en ruinas se amontonaban en pilas. Las estructuras
se ladeaban. Había bombas de humo por el suelo como si fueran cerillas,
obstruyendo los pulmones de la ciudad.
Hans Hubermann iba en una cuadrilla de cuatro miembros. Habían hecho
una cadena. El sargento Boris Schipper estaba al frente, con los brazos
escondidos entre el humo. A continuación iba Kessler, luego Brunnenweg y
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