LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Page 299

pasado nos resultarían sintomáticos porque comenzaríamos a acercarnos lentamente y con presentimiento al polimorfismo creador o destructor de las potencias universales. "El comienzo del ocaso de los dioses, que simultáneamente es la disociación del hombre ligado a la tribu, fue preparado por el relajamiento de las rigurosas reglas familiares que en la antigüedad representaban la unión de lo particular con los poderes de los dioses, los héroes y los ancestros. El hombre individual se libera de sus lazos cósmicos y de consanguinidad. El ocaso de la sangre es, al mismo tiempo, el ocaso de los dioses. La sangre pierde su significación espiritual, se seca, y los ancestros callan. Se inicia la lucha de todos contra todos. En el lugar de la sabiduría divina de los mitos se coloca el intelecto mecánico; en el lugar de la interpretación del culto, la eficacia egoísta en el mundo de los objetos. Estos sucesos humanos se reflejan en el cosmos como la derrota de los dioses luminosos ante los poderes oscuros. De este modo patético lo expone la Edda: el miedo invade el mundo, hasta los mismos dioses se sienten amenazados por la muerte de Baldr, porque éste, como ninguna otra figura, es la expresión más luminosa de la espiritualización de la naturaleza. "En el combate final de sus dioses populares, en el ocaso de los dioses, las características nacionales míticas de la antigüedad experimentan en sí su caída: Thor lucha con la serpiente Midgard; por cierto la vence, pero al dar, a continuación, nueve pasos más cae muerto por su veneno. Odín será tragado por el Lobo, cuyas fauces se abren como el espacio entre el cielo y la tierra; aquí uno recuerda que el genio tutelar de Roma es una loba. "De inmediato, sin embargo, acaece la peripecia: el hijo de Odín, el taciturno Widar, mata al lobo, mientras despedaza sus fauces. Baldr, una vez más, retorna y revela otra vez a los hombres resucitados el secreto de los dioses de la tierra y el cosmos: 'Yo veo una sala más clara que el sol, recubierta de oro, sobre los montes Gimil. Allí morarán apreciados príncipes y disfrutarán eternamente del honor. Allí cabalga el Poderoso