LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Page 142

se incorporó como novicia de tercera en la recién fundada orden franciscana y así vivió todavía algunos años dedicada a la beneficencia social. Apenas tenía 24 años Cuándo cambió el terrenal valle de lágrimas por el reino celestial. Aún estaba viva y ya se contaban de ella las más diversas narraciones de milagros. La más difundida fue la de las tres rosas milagrosas que la fantasía popular hizo enrojecer más ardientemente. Ya de pequeñuela cogió el apasionamiento, todavía en la corte paterna, por dar limosnas. Su delantal estaba siempre rebosante con restos de comida para los mendigos. Su padre le prohibió el trato con los pordioseros, probablemente para prevenirla del peligro del contagio de la lepra. Pese a la prohibición, nunca pudo dominar su apasionamiento y un buen día volvió a llevar pan a los mendigos. Al notar su padre que algo guardaba en el delantal, le llamó la atención; en su apuro, la muchachita logró inventar una mentira inocente. ¿Y qué sucedió? Ante el requerimiento de su padre de que abriera el delantal, éste se encontró repleto hasta los bordes de rosas, por gracia especial de Dios. El segundo milagro de las rosas aconteció poco después de la muerte de su primer novio. Por este tiempo había decidido dedicarse el resto de su vida al Novio divino y como símbolo de esta promesa llevó desde entonces en su cabellera una guirnalda de rosas (es muy probable que el autor del artículo no se atreviera a decir rosa- rio). Una vez que los emisarios de su padre llegaron al castillo de Wartburg, le comunicaron el deseo paterno, según el cual, de ahora en adelante, tendría que ser la novia del landgrave Ludwig. Sufriendo un conflicto espiritual, se quitó la guirnalda de rosas de su cabeza y la arrojó al río. ¿Y qué sucedió? En un santiamén las rosas se multiplicaron y toda la superficie de las aguas se sonrojó con la luz rosada del río florido. El tercer milagro con rosas, sin embargo, sucedió durante su vida matrimonial. Rebo- sante de abnegación atendía a los leprosos; como un día no le quedaba ninguna cama para uno de los incurables, lo acostó en su propio lecho. Cuándo su marido regresó de sus ocupaciones le in- crepó con dureza inquiriendo a qué extraño cobijaba en su gineceo.