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se incorporó como novicia de tercera en la recién fundada orden
franciscana y así vivió todavía algunos años dedicada a la
beneficencia social. Apenas tenía 24 años Cuándo cambió el
terrenal valle de lágrimas por el reino celestial. Aún estaba viva y ya
se contaban de ella las más diversas narraciones de milagros. La
más difundida fue la de las tres rosas milagrosas que la fantasía
popular hizo enrojecer más ardientemente. Ya de pequeñuela
cogió el apasionamiento, todavía en la corte paterna, por dar
limosnas. Su delantal estaba siempre rebosante con restos de
comida para los mendigos. Su padre le prohibió el trato con los
pordioseros, probablemente para prevenirla del peligro del
contagio de la lepra. Pese a la prohibición, nunca pudo dominar su
apasionamiento y un buen día volvió a llevar pan a los mendigos.
Al notar su padre que algo guardaba en el delantal, le llamó la
atención; en su apuro, la muchachita logró inventar una mentira
inocente. ¿Y qué sucedió? Ante el requerimiento de su padre de
que abriera el delantal, éste se encontró repleto hasta los bordes
de rosas, por gracia especial de Dios. El segundo milagro de las
rosas aconteció poco después de la muerte de su primer novio.
Por este tiempo había decidido dedicarse el resto de su vida al
Novio divino y como símbolo de esta promesa llevó desde
entonces en su cabellera una guirnalda de rosas (es muy
probable que el autor del artículo no se atreviera a decir rosa-
rio). Una vez que los emisarios de su padre llegaron al castillo de
Wartburg, le comunicaron el deseo paterno, según el cual, de
ahora en adelante, tendría que ser la novia del landgrave
Ludwig. Sufriendo un conflicto espiritual, se quitó la guirnalda
de rosas de su cabeza y la arrojó al río. ¿Y qué sucedió? En un
santiamén las rosas se multiplicaron y toda la superficie de las
aguas se sonrojó con la luz rosada del río florido. El tercer milagro
con rosas, sin embargo, sucedió durante su vida matrimonial. Rebo-
sante de abnegación atendía a los leprosos; como un día no le
quedaba ninguna cama para uno de los incurables, lo acostó en
su propio lecho. Cuándo su marido regresó de sus ocupaciones le in-
crepó con dureza inquiriendo a qué extraño cobijaba en su gineceo.