LA CORTE DE LUCIFER - OTTO RAHN La Corte de Lucifer - Otto Rhan | Page 137

súbitamente como si tuviera miedo de su propio coraje. No le habría hecho ninguna gracia ser muerto por StempfeL En lo que se refiere al famoso combate poético, Cuándo Wolfram von Eschenbach puso en apuros a Heinrich von Ofterdingen, tuvo que hacerse venir desde Hungría, patria de santa Isabel, al maestro Klingsor. Éste estaba aliado con el diablo (en uno de los manuscritos se lo llamaba Nazarus: ¡nazareno!). Wolfram superó también a Klingsor median- te un diálogo que deben de haber sostenido en los viejos tiempos Dietrich von Bem y el rey enano Laurín, y sobre el que Eschenbach cantó con completo entusiasmo. Wolfram hace decir a Laurín en relación con Bern: "A los cincuenta años todavía tendréis que vivir, Dietrich. Y también seréis un fuerte héroe, mas la muerte os sobrevendrá. Has de saber, sin embargo, que a mi hermano, que mora en su tierra alemana, se le ha concedido vida por mil años. Vos sólo necesitáis elegir una montaña que sea fogosa en su interior. Entonces, dice la gente, seréis llevado a calor grande, es más, seréis igual a los dioses terrenales". A lo que el rey Laurín responde: "Es lo que quiero hacer y me alegro por anticipado de ello. Jamás mi boca hará saber de esto a otros hombres". A lo que Wolfram von Eschenbach añadió de sí: "Y yo no delataré cómo los romanos, con ánimo hostil, pasaron ante esa montaña". Entonces Eschenbach cantó con energía contra Klingsor "Maes- tro, hay un rey llamado Arturo. ¿Podrías nombrar a otro rey que se le asemeje? Continuad escuchándome: Arturo mora en una montaña. Caballeros nobles, que se deleitan con toda comida sin excepción y con bebida pura, conforman su corte. Ni arnés, ni vestimenta, ni corcel echaban en falta. También vivían allí juglares. Desde que Arturo mora en su montaña, ha enviado paladines al país de los cristianos con una buena nueva. Una campana anuncia este mismo mensaje. Y al comenzar ésta a tañer enmudecieron abruptamente los juglares de Arturo, habitualmente plenos de destreza. La alegría de la corte decayó. ¿Me comprendéis, por fin, maestro Klingsor? ¿No? Si así fuere, entonces tampoco podréis saber a quién envió Arturo como paladín al país de los cristianos y