LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Seite 237
podrá permanecer en secreto toda la vida, Marcial me ha dicho que
nos lo contaría todo cuando volviera del turno, Muy bien, pero a mí
una descripción no me basta, quiero ver con mis propios ojos, Siendo
así, vaya, vaya, y no me atormente más, dijo Marta, ya llorando. El
padre se aproximó a ella, le pasó un brazo por los hombros, la abrazó,
Por favor, no llores, dijo, lo malo de todo esto, sabes, es que ya no
somos los mismos desde que nos mudamos aquí. Le dio un beso,
después salió cerrando la puerta con cuidado. Marta fue a buscar una
manta y un libro, se sentó en uno de los sillones de la sala, se cubrió
las rodillas. No sabía cuánto tiempo iba a durar la espera.
El plan de Cipriano Algor no podía ser más simple. Se trataba de bajar
en un montacargas hasta el piso cero-cinco y a partir de ahí
entregarse a la suerte y a la casualidad. Con muchas menos armas se
han ganado batallas, pensó. Y con muchas más se han perdido, añadió
por escrúpulo de imparcialidad. Había observado que los montacargas,
probablemente por el hecho de que se destinaban casi exclusivamente
para el transporte de materiales, no estaban provistos de cámara de
vídeo, por lo menos que se vieran, y si alguna hubiese, de ésas
minúsculas y camufladas, lo más seguro sería que la atención de los
vigilantes de la central se encontrara fijada en los accesos exteriores y
en los pisos comerciales y de atracciones. De estar equivocado no
tardaría en saberlo. En primer lugar, suponiendo que los pisos de
viviendas sobre el nivel del suelo formaran un bloque con los diez pisos
subterráneos, le convenía usar el montacargas más cercano a la
fachada interior para no tener que perder tiempo buscando un camino
entre los mil contenedores de todo tipo y tamaño que imaginaba
guardados en los sótanos, en particular en el tal piso cero-cinco que le
interesaba. No se quedó demasiado sorprendido cuando se encontró
con un espacio amplio, abierto, despejado de mercancías, que
obviamente se destinaba a facilitar el acceso al lugar de la excavación.
Un paño de pared maestra, entre dos pilares, había sido demolido, por
allí se entraba. Cipriano Algor miró el reloj, eran las dos y cuarenta y
cinco minutos, pese a ser reducida, la iluminación permanente del piso
subterráneo no dejaba distinguir si alguna luz en el interior de la
excavación amortiguaba la negritud de la bocacha que lo iba a engullir.
Debería haber traído una linterna, pensó. Entonces recordó que un día
había leído que la mejor manera de acceder a un lugar a oscuras, si se
quiere ver inmediatamente lo de dentro, es cerrar los ojos antes de
entrar y abrirlos después. Sí, pensó, es eso lo que tengo que hacer,
cierro los ojos y me caigo por ahí abajo, hasta el centro de la tierra. No
se cayó. Casi a ras de suelo, a su izquierda, había una luminosidad
tenue que no tardó en concretarse, pasos andados, en una hilera de
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