LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Page 190
A la mañana siguiente, como habían decidido, Cipriano Algor llevó las
figurillas acabadas al Centro. Las otras ya se encontraban en el horno,
a la espera de su turno. Cipriano Algor se levantó temprano, todavía la
hija y el yerno dormían, y cuando finalmente Marcial y Marta,
soñolientos, se mostraron en la puerta de la cocina, la mitad del
trabajo estaba hecho. Tomaron el desayuno juntos intercambiando
frases de circunstancia, quiere más café, pásame el pan, queda
mermelada, después Marcial ayudó al suegro en lo que faltaba, luego
se ocupó del delicado trabajo de acomodar las trescientas figuras
acabadas en las cajas que antes se usaban para el transporte de la
cacharrería. Marta le dijo al padre que iría con Marcial a casa de sus
suegros, era necesario informarles de la próxima mudanza, vamos a
ver cómo recibirán la noticia, de cualquier modo no se quedarían a
comer, Probablemente ya estaremos aquí cuando vuelva del Centro,
concluyó. Cipriano Algor dijo que se llevaría a Encontrado, y Marta le
preguntó si era en alguien de la ciudad en quien estaba pensando
cuando ayer noche dijo que también tenía una idea para resolver el
problema del perro, y él respondió que no, pero el asunto podría
estudiarse, de esa manera Encontrado estaría cerca de ellos, lo verían
siempre que quisiesen. Marta observó que no constaba en sus
conocimientos que el padre tuviera amigos cercanos en la ciudad,
personas de tanta confianza que mereciesen, dijo con intención la
palabra mereciesen, quedarse con un animal a quien en aquella casa
se estimaba como a una persona. Cipriano Algor respondió que no
recordaba haber dicho alguna vez que tuviese amigos cercanos en la
ciudad, y que si se llevaba al perro era para distraerse de
pensamientos que no quería tener. Marta dijo que si él tenía
pensamientos de ésos debería compartirlos con su hija, a lo que
Cipriano Algor respondió que hablarle de sus pensamientos sería como
si lloviera sobre mojado, porque ella los conocía tan bien o mejor que
él mismo, no palabra por palabra, claro está, como el registro de una
grabadora, sino en lo más profundo y esencial, y entonces ella dijo
que, en su humilde opinión, la realidad era precisamente al contrario,
190