LA CAVERNA DE SARAMAGO Saramago, Jose - La caverna | Seite 173
quedaba de la realidad del mundo en que aprendió y se habituó a vivir,
que a partir de hoy todo sería poco más que apariencia, ilusión,
ausencia de sentido, interrogaciones sin repuesta. Dan ganas de
estrellar la furgoneta contra un muro, pensó. Se preguntó por qué no
lo hacía y por qué nunca, probablemente, lo llegaría a hacer, después
se puso a enumerar sus razones. Pese a que ésta se encuentra
dislocada en el contexto del análisis, por lo menos en principio, las
personas se suicidan precisamente porque tienen vida, la primera de
las razones fuertes de Cipriano Algor para no hacerlo era el hecho de
estar vivo, luego en seguida apareció su hija Marta, y tan junta, tan
ceñida a la vida del padre, que fue como si hubiese entrado al mismo
tiempo, después vino la alfarería, el horno, y también el yerno Marcial,
claro, que es tan buen mozo y quiere tanto a Marta, y Encontrado,
aunque a mucha gente le parezca escandaloso decirlo y objetivamente
no se pueda explicar, hasta un perro es capaz de agarrar a una
persona a la vida, y más, y más, y más qué, Cipriano Algor no
encontraba ningunas otras razones, sin embargo tenía la impresión de
que todavía le estaba faltando una, qué será, qué no será, de súbito,
sin avisar, la memoria le lanzó a la cara el nombre y el rostro de la
mujer fallecida, el nombre y el rostro de Justa Isasca, por qué, si
Cipriano Algor lo que estaba buscando eran razones para no estrellar
la furgoneta contra un muro y si ya las había encontrado en número y
sustancia suficientes, a saber, él mismo, Marta, la alfarería, el horno,
Marcial, el perro Encontrado y además el moral, por olvido no
mencionado antes, era absurdo que la última, esa inesperada razón de
cuya existencia inquietamente se había apercibido como una sombra o
una provocación, fuese alguien que ya no pertenecía a este mundo, es
verdad que no se trata de una persona cualquiera, es la mujer con
quien estuvo casado, la compañera de trabajo, la madre de su hija,
pero, aun así, por mucho talento dialéctico que se ponga en la olla,
será difícil de sustentar que el recuerdo de un muerto pueda ser razón
para que un vivo decida seguir vivo. Un amante de proverbios,
adagios, anejires y otras máximas populares, de esos ya raros
excéntricos que imaginan saber más de lo que les enseñan, diría que
aquí hay gato encerrado con el rabo fuera. Con disculpa de lo
inconveniente e irrespetuoso de la comparación, diremos que la cola
del felino, en el caso a examen, es la fallecida Justa, y que para
encontrar lo que falta del gato no sería necesario más que doblar la
esquina. Cipriano Algor no lo hará. No obstante, cuando llegue al
pueblo, dejará la furgoneta ante la puerta del cementerio donde no ha
vuelto a entrar desde aquel día, y se dirigirá a la sepultura de la mujer.
Estará allí unos minutos pensando, tal vez para agradecer, tal vez
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