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Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 346
montañas, de trashumar entre ellos por los paisajes de la violencia. Al final de la novela, cuando Pavor y su banda entran en desgracia y deciden dejar en su camino a Abraham y a Saúl, la tensión se materializa – como lo hace a lo largo de la novela- en el gesto de hospitalidad que implica compartir aguardientes y borracheras sin saber en qué momento se les viene encima el tiro que los mate. En esa oportunidad a Pavor le es devuelto su nombre familiar, su nombre afectivo:
Enrique Medina se tomó un aguardiente y les pasó la botella.-El de despedida, niños – les dijo-. Para que no se me vayan cagados del miedo a verse con el Patas. ¿ Si o no? Dejó pasar un momento, como esperando que Abraham y Saúl calcularan que ahora sí los iban a matar, y agregó:- Mentiras, hombre Abraham, es nomás por joder. ¿ Cómo se les ocurre que voy a hacerles algo después de haber pasado tan bueno tantos días? ¿ O no? ¿ O ustedes qué dicen?( González, 2010: 198).
Séptimo apunte
La enemistad que marca el recorrido de la banda de Pavor, de la violencia con que realizan robos, asesinatos, masacres y la que obligan a atestiguar a Abraham y a Saúl ¿ no es quizá en el fondo un disfraz de la amistad? En ese caso ¿ qué es lo que oculta ese disfraz? ¿ Qué es – o quién es- esa amistad disfrazada de enemistad? Esta pregunta, que la novela no responde, que la novela no busca responder, es análoga a la pregunta, citada más arriba, que se hace desde la historia y la sociología en relación con ese periodo mayúsculo que fue La Violencia: ¿ qué los separaba y los convertía en extraños a unos de otros? Tal vez una manera de acercarse a esa pregunta( o una manera de desviarla) sea proyectándose hacia la pregunta, inocente en todo caso, del porqué Tomás González recurre, sesenta años después, a la narración del periodo de La Violencia. ¿ Qué lo lleva a situar a sus personajes en los años cincuenta, volcándose, a su manera, sobre la tradición de lo que se dio en llamar la narrativa de La Violencia? Una primera impresión, y tal vez la más evidente, nos conduce a pensar que se debe a la necesaria distancia temporal del punto de vista que permite y constituye la experiencia estética.( Campo, 2012: 167) Pero podrían encontrarse algunas otras razones que intentaran explicarlo. Por ahora me quiero quedar con esta, que está relacionada con la perduración de La Violencia en la historia de Colombia.
Varios historiadores y sociólogos mantienen la hipótesis de que el conflicto armado que se ha mantenido en la segunda mitad del siglo XX es prolongación – con enormes variantes coyunturales- de la violencia partidista de los años cincuenta. La novela de González, en una primera mirada, pareciera admitir esta hipótesis. Sin embargo, de llegar a hacerlo, sería de una manera muy particular: narrando unos hechos que son en sí mismo el porvenir. Susana, la esposa de Abraham, reflexiona sobre la experiencia de su esposo desde el presente. Y lo hace a conciencia de la prolongación de la guerra, sobre la cual reflexiona:“ Otra vez habían levantado la queda y se podía salir por las noches; las matanzas eran menos grandes y la gente volvía a hacerse ilusiones y a pensar que ahora sí llegaría la paz. Uno se engaña. Algún día se acabarán, claro, porque nadie se acostumbra a que anden matando así a la gente( ni siquiera los que matan), pero vea usted en lo que estamos todavía …”( González, 2010: 164. Subrayado en el original) Los bandidos de los años cincuenta, hoy en la escritura de González, son una forma de figuración de aquello que, en el periodo narrado, aún no ha sucedido, aquello, por decirlo de alguna manera, venidero, aquello que se aproxima. Y lo que se aproxima, como se sabe, aquello que está próximo a nosotros( en la historia, esto es, en el tiempo, pero también en el espacio) es el prójimo, aquel“ otro” prójimo( próximo) a nosotros.