Cuadernos del GESCAL. Año 1, No 1, Agosto de 2013 175 Introducción
Con el fin de la Guerra Fría y el consiguiente triunfo del modelo capitalista, el mundo sufrió una serie de reacomodamientos del orden social, no sólo en lo económico, sino en lo cultural y lo político. Esto dio lugar a la transformación de un modelo bipolar a uno global, marcado, entre otros, por el privilegio de lo privado sobre lo estatal, la condena de toda violencia por fuera del monopolio del Estado, una fuerte tendencia a la individualización de los sujetos y el camuflaje del autoritarismo en regímenes aparentemente democráticos, funcionales a los poderes hegemónicos( Calveiro, 2006). En palabras de Barbero( 2004), se llevó a cabo una transformación de una sociedad integral a una sociedad dual, caracterizada por la desregulación, la tercerización y la informática, con un visible divorcio entre la sociedad( compuesta por integrados y excluidos bajo la lógica dual) y el Estado, sujeto cada vez más a las reglas del mercado.
Las formas específicas de relación con el capital que introdujo la primacía del capitalismo modificaron el mundo del trabajo, la política, la familia, la escuela, la ciudadanía, el Estado y otros escenarios, así como el campo de los derechos humanos. En particular, la relación capital-trabajo se vio alterada por la mercantilización de la vida impulsada desde el modelo neoliberal, en donde el trabajo dejó de ser el referente de estabilidad( una concepción del tiempo largo) y el escenario de asociación política por excelencia, para convertirse en un sinónimo de inestabilidad y frustración, dando paso a nuevas formas asociativas basadas principalmente en la dimensión identitaria de los sujetos. Así,“ si la mayoría de la gente no puede buscar el sentido de su vida en lo que hace-o sea, en el trabajo y en la política- lo tiene que buscar en lo que es lo único que queda: hombre, mujer u homosexual, blanco, indígena o negro, budista, cristiano o musulmán”( Castells citado por Barbero, 2004: 5).
En el mundo globalizado tal como ahora se nos presenta, en donde puede observarse ese doble proceso de apertura y relocalización, el foco de atención, tanto para las luchas emancipatorias como para el establecimiento de relaciones de dominación, se trasladó-o amplió- desde los escenarios de producción hacia la totalidad de las relaciones sociales, siendo el mercado el regulador de las representaciones societales( De Sousa Santos 2001).
El sujeto por excelencia en los análisis sobre la acción colectiva que principalmente desde las teorías marxistas fuera el centro de reflexión-la clase obrera- dejó de ser el único y exclusivo detentador de esta categoría sociológico-política, para dar paso a una amplia gama de actores que entraron en la escena pública. Estos actores han venido disputándose los lugares de interlocución política, incorporando en sus demandas nuevas dimensiones enfocadas en el plano de la subjetividad.
El cuerpo, el medio ambiente, la etnia, la religión y la cultura han venido a ser objeto de politización, de visibilización de otras memorias y de cuestionamiento de un modelo hegemónico que se pretende a sí mismo naturalizado. La subjetividad al ocuparse del mundo cultural, social, personal, posibilita encontrar nuevos modos de sentir y relacionarse que pueden dar cabida a nuevos ordenes de realidad( Torres, 2009: 65), así como comprender que aspectos que fueron relegados al mundo de lo privado, pasan a ser objeto de interés público para develar desde allí modelos ideológicos particulares.
De igual forma, las lecturas sobre la historia en tanto camino lineal determinado fueron cuestionadas por los análisis constructivistas, que le dieron a estos sujetos una preponderancia mayor en cuanto a la capacidad de incidencia sobre su realidad, sin dejar de lado la relación con los factores externos o estructurales considerados producto de relaciones complejas en un tiempo y espacio concreto. Estas relaciones, más que determinantes, fueron conceptualizadas como condicionantes de la acción en un campo de posibilidades, dejando espacio para la