inversiones inteligentes 1 | Page 301

EL INVERSOR Y SUS ASESORES La relación entre la banca de inversión y el inversor es básicamente la misma que existe entre el vendedor y el comprador potencial. En el pasado, durante muchos años, la inmensa mayor parte de las nuevas ofertas expresadas en términos monetarios han consistido en emisiones de obligaciones que eran compradas principalmente por las instituciones financieras, bancos y compañías de seguros. En esta actividad, los vendedores de valores tenían que relacionarse con compradores muy inteligentes y expertos. Por lo tanto, cualquier recomendación que realizasen los profesionales de la banca de inversión a este tipo de clientes tenía que someterse a un detallado y escéptico escrutinio. Por lo tanto, estas transacciones se llevaban a cabo prácticamente siempre en pie de igualdad entre profesionales expertos. Sin embargo, la situación es diferente cuando la relación se establece entre un comprador de valores individual y las empresas de banca de inversión, incluidos los corredores que actúan como garantes de colocación. En este tipo de relación, el comprador habitualmente carece de experiencia y raramente posee grandes conocimientos sobre la materia. El vendedor puede influir con gran facilidad sobre el comprador con su discurso, sobre todo en el caso de emisiones de acciones, puesto que frecuentemente el deseo no declarado del comprador consiste principalmente en obtener un rápido beneficio. El efecto que tiene todo ello es que la protección del público inversor radica menos en su propia facultad de análisis crítico que en los escrúpulos y la ética de las agencias que les hagan ofertas.3 Es un tributo a la honradez y a la competencia de las agencias de suscripción el hecho de que sean capaces de desempeñar razonablemente bien las contradictorias funciones de asesor y de vendedor. Sin embargo, es muy imprudente que el comprador confíe ciegamente en la capacidad de juicio del vendedor. En el año 1959 afirmamos en este sentido lo siguiente: «Los malos resultados cosechados por esta insensata actitud se manifiestan una y otra vez en el terreno de la garantía de las colocaciones, y con notables efectos en la venta de emisiones de nuevas acciones durante períodos de activa especulación». Poco después se demostró que esta advertencia era acuciantemente necesaria. Como ya hemos señalado, durante los años 1960-1961 y, de nuevo, en los años 1968-1969 el mercado se vio inundado por una colocación de ofertas públicas iniciales sin precedentes por parte de empresas de la más ínfima calidad, que se vendían al público a unos precios de salida ridículamente elevados y que en muchos casos se veían impulsados a niveles aún mucho mayores por una insensata especulación y por prácticas cercanas a la manipulación. Algunas de las más importantes agencias de Wall Street han participado en cierta medida en esta poco edificante actividad, lo cual pone de manifiesto que la ya 303