EL INVERSOR Y SUS ASESORES
La relación entre la banca de inversión y el inversor es básicamente
la misma que existe entre el vendedor y el comprador potencial. En el
pasado, durante muchos años, la inmensa mayor parte de las nuevas ofertas
expresadas en términos monetarios han consistido en emisiones de
obligaciones que eran compradas principalmente por las instituciones
financieras, bancos y compañías de seguros. En esta actividad, los
vendedores de valores tenían que relacionarse con compradores muy
inteligentes y expertos. Por lo tanto, cualquier recomendación que
realizasen los profesionales de la banca de inversión a este tipo de clientes
tenía que someterse a un detallado y escéptico escrutinio. Por lo tanto, estas
transacciones se llevaban a cabo prácticamente siempre en pie de igualdad
entre profesionales expertos.
Sin embargo, la situación es diferente cuando la relación se establece
entre un comprador de valores individual y las empresas de banca de
inversión, incluidos los corredores que actúan como garantes de
colocación. En este tipo de relación, el comprador habitualmente carece de
experiencia y raramente posee grandes conocimientos sobre la materia. El
vendedor puede influir con gran facilidad sobre el comprador con su
discurso, sobre todo en el caso de emisiones de acciones, puesto que
frecuentemente el deseo no declarado del comprador consiste
principalmente en obtener un rápido beneficio. El efecto que tiene todo ello
es que la protección del público inversor radica menos en su propia
facultad de análisis crítico que en los escrúpulos y la ética de las agencias
que les hagan ofertas.3
Es un tributo a la honradez y a la competencia de las agencias de
suscripción el hecho de que sean capaces de desempeñar razonablemente
bien las contradictorias funciones de asesor y de vendedor. Sin embargo, es
muy imprudente que el comprador confíe ciegamente en la capacidad de
juicio del vendedor. En el año 1959 afirmamos en este sentido lo siguiente:
«Los malos resultados cosechados por esta insensata actitud se manifiestan
una y otra vez en el terreno de la garantía de las colocaciones, y con
notables efectos en la venta de emisiones de nuevas acciones durante
períodos de activa especulación». Poco después se demostró que esta
advertencia era acuciantemente necesaria. Como ya hemos señalado,
durante los años 1960-1961 y, de nuevo, en los años 1968-1969 el mercado
se vio inundado por una colocación de ofertas públicas iniciales sin
precedentes por parte de empresas de la más ínfima calidad, que se vendían
al público a unos precios de salida ridículamente elevados y que en muchos
casos se veían impulsados a niveles aún mucho mayores por una insensata
especulación y por prácticas cercanas a la manipulación. Algunas de las
más importantes agencias de Wall Street han participado en cierta medida
en esta poco edificante actividad, lo cual pone de manifiesto que la ya
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