EL INVERSOR INTELIGENTE
de máxima calidad, pasando por los títulos senior de segunda categoría,
hasta que llegamos a la colocación de acciones ordinarias en la parte
inferior de la escala jerárquica. En el pasado se han financiado cuantiosas
cantidades mediante una técnica que consistía en reembolsar las
obligaciones existentes a su precio de rescate, sustituyéndolas después por
nuevas emisiones que abonaban un cupón inferior. La mayor parte de esta
actividad se llevaba a cabo en la categoría de las obligaciones de máxima
calidad y de acciones preferentes. Los compradores solían ser,
principalmente, grandes instituciones financieras, sobradamente
cualificadas para proteger sus intereses. Por lo tanto, los precios de estas
ofertas estaban cuidadosamente determinados para cubrir el precio de
salida de emisiones comparables, y la destreza de los vendedores influía
poco en el resultado. A medida que los tipos de interés se iban reduciendo
más y más, los compradores acababan pagando un precio excesivamente
elevado por estas emisiones, y buena parte de ellas acabaron sufriendo
grandes declives en el mercado. Este es uno de los rasgos característicos de
la tendencia a colocar nuevas emisiones cuando las condiciones son más
favorables para el emisor; no obstante, en el caso de las emisiones de
títulos de primera categoría, las consecuencias negativas para el comprador
serán desagradables, pero no llegarán a ser graves.
La situación resulta ser algo diferente cuando estudiamos las
acciones preferentes y las obligaciones de menor categoría que se
vendieron durante los períodos 1945-1946 y 1960-1961. En estos casos, el
efecto del esfuerzo de venta es más aparente, porque la mayor parte de
estos títulos se colocaron probablemente entre inversores individuales e
inexpertos. Un rasgo característico de estas ofertas es que no ofrecían una
imagen adecuada si se juzgaban con arreglo al resultado de las empresas
estudiado durante un número suficiente de años. Su apariencia era de
suficiente seguridad, en la mayor parte de los casos, siempre y cuando se
pudiese dar por supuesto que los recientes beneficios se iban a poder
mantener sin serios contratiempos. Los bancos de inversión que colocaron
estas emisiones probablemente aceptaron esta hipótesis, y sus vendedores
tuvieron pocas dificultades para persuadirse a sí mismos y a sus clientes de
que tal iba a ser el caso. No obstante, fue una forma poco sensata de
abordar una operación de inversión, que probablemente acabó resultando
muy costosa.
Los períodos alcistas de mercado normalmente se caracterizan por el
hecho de que un gran número de sociedades no cotizadas deciden salir a
bolsa con acciones cotizadas. Esto fue lo que sucedió en 1945-46, y
nuevamente a partir de 1960. El proceso posteriormente alcanzó
proporciones extraordinarias, hasta que concluyó con un cierre catastrófico
en mayo de 1962. Después del tradicional período de «enfriamiento y
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