EL INVERSOR INTELIGENTE
incremento del valor de mercado a lo largo de los años como consecuencia
de la reinversión de los beneficios no distribuidos.
Aunque estas dos ventajas han sido de gran trascendencia, y han
ofrecido a las acciones ordinarias un historial mucho mejor que el de las
obligaciones durante el pasado a largo plazo, nosotros hemos advertido
insistentemente que estos beneficios podrían perderse en caso de que el
comprador de acciones pagase un precio demasiado elevado por sus
acciones. Esto fue claramente lo que ocurrió en 1929, y el mercado
necesitó 25 años para recuperar el nivel desde el que se había producido la
abismal caída de 1929-1932.* Desde 1957 las acciones ordinarias han
vuelto a perder, a causa de sus elevados precios, la ventaja que tenía el
rendimiento en dividendos en relación con los tipos de interés de las
obligaciones.† Está por ver que el factor de la inflación y que el factor del
crecimiento económico sean capaces de compensar en el futuro esta
evolución sustancialmente negativa.
El lector debería haber detectado que es evidente que no tenemos
ningún entusiasmo hacia las acciones ordinarias en general estando como
está el DJIA en el nivel del 900 a finales de 1971. Por los motivos que ya
se han expuesto.‡ Tenemos la impresión de que el inversor defensivo no
puede permitirse el lujo de pasar sin una parte apreciable de acciones
ordinarias en su cartera, aunque deba considerar que este instrumento es un
*
El Dow Jones Industrial Average cerró en aquel momento al máximo histórico de 381,17 el 3 de
septiembre de 1929. No cerró por encima de ese nivel hasta el 23 de noviembre de 1954, más de un cuarto
de siglo después, cuando alcanzó el 382,74. (Cuando dice que tiene intención de conservar las acciones «a
largo plazo», ¿se da cuenta de qué largo puede llegar a ser el largo plazo, o que muchos inversores que
compraron en 1929 ni siquiera vivían en 1954?). No obstante, para los inversores pacientes que
reinvirtieron sus resultados, el rendimiento sus acciones fue positivo durante este período por lo demás
sombrío, simplemente porque el rendimiento por dividendo alcanzó una media superior al 5,6% anual.
Según los profesores Elroy Dimson, Paul Marsh y Mike Staunton de la London Business School, si
hubiese invertido 1 dólar en acciones estadounidenses en 1900 y hubiese gastado todos sus dividendos, el
valor de su cartera de acciones habría llegado a los 198 dólares en el año 2000. Sin embargo, si hubiese
reinvertido todos sus dividendos, su cartera de valores habría tenido un valor de 16.797 dólares. Lejos de
ser un complemento accidental, los dividendos son el principal motor de la inversión en acciones.
†
¿Por qué afectan las «cotizaciones elevadas» de las acciones a su rendimiento por dividendo? El
rendimiento de una acción es la relación existente entre su dividendo en metálico y el precio de una
acción ordinaria. Si una empresa paga 2 dólares de dividendo anual cuando el precio de sus acciones es de
100 dólares; su rendimiento será del 2%. Sin embargo, si el precio de las acciones se duplica y el
dividendo se mantiene estable el rendimiento por dividendo descenderá hasta el 1%. En 1959, cuando la
tendencia detectada por Graham en 1957 quedó a la vista de todo el mundo la mayor parte de los expertos
de Wall Street declararon que no podía durar. En el pasado las acciones nunca habían tenido un
rendimiento menor al de las obligaciones; después de todo, como las acciones son más arriesgadas que las
obligaciones, ¿por qué iba nadie a adquiridas, salvo que se pagase una renta por dividendo adicional para
compensar el mayor riesgo? Los expertos afirmaban que las obligaciones ofrecerían un rendimiento
mayor que las acciones durante unos pocos meses, como máximo, y que después la situación volvería a la
«normalidad». Más de cuatro décadas después, la relación no ha vuelto nunca a la normalidad; el
rendimiento de las acciones ha estado (hasta el momento) continuamente detrás del rendimiento de las
obligaciones.
‡
Véase las páginas.77 y 109-110.
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