¿El multiculturalismo amerita ser defendido?
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los ‘otros’ o taquilleros discursos milenaristas contra la
‘modernidad’ y ‘Occidente’.
Este problema se asocia al hecho que los multiculturalismos
dominantes han sido aquellas versiones minimalistas de las que
hablamos en un comienzo, en las cuales la diferencia cultural
aparece como equivalente de los ‘otros de la nación’. Son
multiculturalismos circunscritos a ‘minorías étnicas’, a los otros
(como anterioridades y exterioridades marcadas) de la modernidad,
del ‘nosotros’ normalizado de la colombianidad. No es que este
tipo de multiculturalismos no hayan hecho aportes importantes
al reconocimiento jurídico y político de las llamadas ‘minorías
étnicas’. Ni que no haya que defender los esfuerzos por visibilizar
y dignificar a sectores poblacionales que habían sido estereotipados
como salvajes, atrasados, incapaces. El problema es quedarse ahí,
reproduciendo la otrerización culturalista de la diferencia.
Otro de los grandes problemas del multiculturalismo en
Colombia, que ya mencionaba de pasada, tiene que ver
con la creciente reducción de lo político a lo jurídico. Es
sorprendente cuántos esfuerzos de las intervenciones y luchas
del multiculturalismo en el país se mueven en el registro de
la legislación, de los decretos, del derecho. Una hipertrofia
jurídica, nada extraña en un país leguleyo y santanderista.
Aunque no quiero argumentar que el registro de lo jurídico sea
superfluo, me parece importante empezar a subrayar ciertos efectos
negativos de la sobredimensión de la participación de los abogados
y el discurso del derecho, entre los cuales la despolitización y la
reificación de la diferencia son los más palpables. Esta hipertrofia
jurídica, que se hace desde el litigio estratégico a menudo con
las más nobles intenciones, además de haber potenciado ciertas
expresiones organizativas (lo cual es positivo) ha significado
un notable socavamiento de la política al domesticar malestares