abre los ojos a la verdad acerca de nuestros corazones: lo que hago día a día, refleja
lo que adoro.
ESCOGE A QUIÉN VAS A GLORIFICAR
El pasaje de Los Diez Mandamientos constituye uno de los más conocidos del Antiguo
Testamento. El propósito de Dios al entregarlos era enseñar a Israel lo que significa
vivir como pueblo redimido por Dios. Ellos recibieron estos mandamientos para
aprender a llevar vidas santas, de modo que reflejaran a su Dios, quien es Santo.
«No tendrás otros dioses delante de Mí» (Éx. 20:3) nos enseña que Dios requiere
exclusividad. En el último discurso que Josué ofreció al pueblo de Israel (Jos. 24), él
hizo un recuento de cómo Dios los había rescatado de Egipto y fue delante de ellos en la
conquista de la tierra. Pero luego los confrontó con palabras profundas y reveladoras:
«…si no les parece bien servir al Señor, escojan hoy a quién han de servir: si a los
dioses que sirvieron sus padres, que estaban al otro lado del río, o a los dioses
de los amorreos en cuya tierra habitan. Pero yo y mi casa, serviremos al
Señor», Josué 24:15 (énfasis añadido).
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La pregunta no es si van a adorar a algo o alguien, sino
a quién iban a adorar. El primer mandamiento que
Dios le entregó a su pueblo da por sentado que
adoraremos algo o alguien. ¡No existe una
opción intermedia o neutral! Conscientes
o no, siempre estamos adorando a
alguien o algo.
Juan Calvino lo expresó así: «El
corazón del hombre es una fábrica
de ídolos». [1] Un ídolo es «algo que
es más importante para usted que
Dios, cualquier cosa que cautive
su corazón y su imaginación
más que Dios, cualquier cosa
que espere que le proporcione
lo que solamente Dios puede
darle». [2]
«Lo que hago día a día revela
aquello que adoro y glorifico;
es decir, aquello que consume
mi mente, mis recursos, y altera
mis emociones.»
¿A quién estás sirviendo o
adorando? ¿Qué es lo que ocupa
tu mente con frecuencia? ¿Es tu
casa? ¿Una persona o relación?
¿Tu trabajo? ¿Tu carrera y éxito? Lo
que hago día a día revela aquello
que adoro y glorifico; es decir,
aquello que consume mi mente, mis
recursos, y altera mis emociones.
[1] Juan Calvino, Institutos, 1.11.8
[2] Timothy Keller, Dioses que fallan, p. 8
Por Carol de Rossi. Artículo publicado
originalmente en coalicionporelevangelio.org