¡Y al olvido, condena!
Ese era el lema del conjunto de candombe porteño Bakongo, creado en
2006. Con él solían cerrar sus espectáculos, como arenga militante. Disuelto
a mediados de 2010, Bakongo fue emblemático para el reposicionamiento
afroporteño, como primer conjunto de
música afroargentina integrado, básicamente, por afroargentinos del tronco
colonial que reivindicaron esta cultura.
Su debut en 2007 fue un punto de inflexión con respecto a esta presencia en la
arena pública (Cirio 2009a) y su ejemplo sirvió de inspiración a otros grupos
que surgieron n las provincias de Buenos Aires (Comparsa Negros Argentinos y Bum Ke Bum, de la Asociación
Misibamba), Entre Ríos (Tambores del
Litoral, de Pablo Suárez) y Santa Fe
(Balikumba, de la Casa de la Cultura
Indo-Afro-Americana “Mario Luis López”).
Así se inició una nueva etapa de visibilización, que procuró retomar o, mejor
dicho, iniciar un diálogo con la sociedad
envolvente y el Estado-nación, imprescindible para su reposicionamiento. En
esta línea, las actividades de la Asociación Misibamba vienen siendo decisivas. Por ejemplo, el 6 de enero de 2012,
por primera vez en la historia, los afroargentinos hicieron una protesta, en la
emblemática Casa Suiza ante su inminente demolición. Con la ayuda de vecinos y de la Asociación Basta de Demoler se logró un recurso de amparo
para que la autoridad competente revisara la autorización de demolición, en
virtud del valor patrimonial material e
inmaterial del último edificio de la ciudad directamente vinculado a la cultura
afroporteña9.
He procurado dar cuenta de la música
afroargentina atendiendo a su dimensión de ausencia, de silencio y de vacío
documental en una musicología que
privilegió atender la necesidad de una
identidad nacional homogénea, promovida por un Estado deseoso de una nación “blanca”.
Es preciso comprender sus tradiciones
de manera holística, incluyendo a las
minorías étnicas y a los adversarios
locales del proyecto racial eurocentrado.
Por lo expuesto, la música afroargentina
nunca estuvo ausente ni permaneció
jamás en silencio. El vacío de información se debió menos a su inexistencia
que a nociones apriorísticas convertidas
en prejuicios por investigadores qu e
desestimaron obrar con oficio y construyeron una historia incompleta. Cuando ya nadie se interesaba por ellos,
cuando eran condenados, sin más, al
pasado y al olvido social; cuando la
academia sentenciaba de modo tan implacable como contundente que no se
sabe nada de su música, porque desapareció con ellos a fines del siglo XIX, los
afroargentinos demostraron tener una
carta más que jugar: su capacidad de
agencia, entrando a escena y exclamando como escribió la afrosantafecina
Lucía Molina en 1998; “¡Aquí nos trajeron! / ¡Aquí nos quedamos! / ¡Y ahora… AQUÍ ESTAMOS / luchando por
nuestros derechos!”10. Por supuesto que
haciendo tronar sus tambores para acallar al silencio.
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