Identidades No 5, Abril, 2015 | Page 113

Según Anderson (1993) el museo fue deliberadamente utilizado por el Estado, junto a otras dos instituciones: el censo y el mapa, para construir la memoria nacional: “’El censo, el mapa y el museo analizan, por tanto, el modo en que, en forma del todo inconsciente, el Estado colonial del siglo XIX (y las políticas que su mentalidad favoreció) engendraron dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para combatirlos. De hecho, podríamos llegar hasta decir que el Estado imaginó a sus adversarios locales […] mucho antes de que cobraran auténtica existencia histórica. A la formación de estas imágenes, la abstracta cuantificación/serialización de personas, hecha por el censo, la logoización del espacio político debida a los mapas, y la ‘ecuménica’ y profana genealogización del museo hicieron contribuciones entrelazadas” (Anderson 2000: 14-15). tragedia de equivocaciones, con reverberancias que llegan hasta hoy, la cual tiene como actores involuntarios a los africanos esclavizados y sus descendientes, los afroargentinos del tronco colonial, por un lado, y a los esclavócratas y la sociedad envolvente, por el otro. Al conocer la dimensión de este genocidio, huelga explicar por qué es una tragedia con equivocaciones. Busco dar cuenta del lugar marginal, en el mejor de los casos, al cual fue confinado el negro en la narrativa dominante y cifro el silencio como común denominador de esta histórica relación asimétrica. Fue el silencio impuesto a los esclavizados, a fuerza de dominarlos, el silencio de los historiadores que permitió minimizar y dar una pátina de trato bondadoso a ese pasado. Fue el silencio de los investigadores sociales quienes, incumpliendo con el método científico, obraron en consecuencia con el pensamiento conservador y tornaron irrelevante la cuestión para instalar un vacío avalado por su autoridad (Cirio 2007b). Fue el silencio devenido en sentido común en la sociedad envolvente, que aún cree improcedente pensar la afroargentinidad (Frigerio 2006, 2008) y, paradójicamente, fue el silencio auto-impuesto de los afroargentinos frente a la sociedad mayor, urdido como estrategia para defender sus tradiciones (Cirio 2009a). Cada uno de estos silencios demanda un análisis más allá de las pretensiones de este artículo. De ahí la especificación de “apuntes” en el título, a lo cual se suma el precario estado del arte sobre este grupo (música incluida) como impedimento para generalizar. Me centraré en dos dimensiones del uso social del silencio: su carga de violencia y su capacidad protectora. De los diversos tipos de violencia entre los individuos, quizá la simbólica sea menos conocida, aunque sea una de las más nocivas y complejas de desmantelar. Cuando se entabla en el sutil juego del silencio (auto)impuesto, se suspen- Aunque su estudio está centrado en el sudeste asiático, si tomáramos para la Argentina el decenio de 1820, que da para el generalizado “atávico fantasear de la mayor parte del pensamiento nacionalista” (op. cit.: 15), advertimos que nuestra incipiente libertad coincidió con la necesidad de urdir una narrativa digna de ser exhibida en nuestros también incipientes museos para construir sus necesarias otredades indignas de recuerdo, inclusión y hasta pervivencia física. Conjugando la triple articulación censomapa-museo de Anderson, el Estado argentino conjuró a su población negra a la ausencia: no hay qué contar, no hay dónde ubicarlos, no hay cómo (ni por qué) representarlos. Por ello no hay prácticamente lugares en la memoria sobre ellos y así entroncamos directamente con el pensamiento de Halbwachs. La participación argentina en el genocidio africano puede entenderse como una 113