Según Anderson (1993) el museo fue
deliberadamente utilizado por el Estado,
junto a otras dos instituciones: el censo
y el mapa, para construir la memoria
nacional:
“’El censo, el mapa y el museo analizan, por tanto, el modo en que, en forma
del todo inconsciente, el Estado colonial
del siglo XIX (y las políticas que su
mentalidad favoreció) engendraron dialécticamente la gramática de los nacionalismos que, a la postre, surgió para
combatirlos. De hecho, podríamos llegar hasta decir que el Estado imaginó a
sus adversarios locales […] mucho antes de que cobraran auténtica existencia
histórica. A la formación de estas imágenes,
la
abstracta
cuantificación/serialización de personas, hecha
por el censo, la logoización del espacio
político debida a los mapas, y la ‘ecuménica’ y profana genealogización del
museo hicieron contribuciones entrelazadas” (Anderson 2000: 14-15).
tragedia de equivocaciones, con reverberancias que llegan hasta hoy, la cual
tiene como actores involuntarios a los
africanos esclavizados y sus descendientes, los afroargentinos del tronco
colonial, por un lado, y a los esclavócratas y la sociedad envolvente, por el otro.
Al conocer la dimensión de este genocidio, huelga explicar por qué es una
tragedia con equivocaciones. Busco dar
cuenta del lugar marginal, en el mejor
de los casos, al cual fue confinado el
negro en la narrativa dominante y cifro
el silencio como común denominador
de esta histórica relación asimétrica.
Fue el silencio impuesto a los esclavizados, a fuerza de dominarlos, el silencio de los historiadores que permitió
minimizar y dar una pátina de trato
bondadoso a ese pasado. Fue el silencio
de los investigadores sociales quienes,
incumpliendo con el método científico,
obraron en consecuencia con el pensamiento conservador y tornaron irrelevante la cuestión para instalar un vacío
avalado por su autoridad (Cirio 2007b).
Fue el silencio devenido en sentido común en la sociedad envolvente, que aún
cree improcedente pensar la afroargentinidad (Frigerio 2006, 2008) y, paradójicamente, fue el silencio auto-impuesto
de los afroargentinos frente a la sociedad mayor, urdido como estrategia para
defender sus tradiciones (Cirio 2009a).
Cada uno de estos silencios demanda un
análisis más allá de las pretensiones de
este artículo. De ahí la especificación de
“apuntes” en el título, a lo cual se suma
el precario estado del arte sobre este
grupo (música incluida) como impedimento para generalizar. Me centraré en
dos dimensiones del uso social del silencio: su carga de violencia y su capacidad protectora.
De los diversos tipos de violencia entre
los individuos, quizá la simbólica sea
menos conocida, aunque sea una de las
más nocivas y complejas de desmantelar. Cuando se entabla en el sutil juego
del silencio (auto)impuesto, se suspen-
Aunque su estudio está centrado en el
sudeste asiático, si tomáramos para la
Argentina el decenio de 1820, que da
para el generalizado “atávico fantasear
de la mayor parte del pensamiento nacionalista” (op. cit.: 15), advertimos que
nuestra incipiente libertad coincidió con
la necesidad de urdir una narrativa digna de ser exhibida en nuestros también
incipientes museos para construir sus
necesarias otredades indignas de recuerdo, inclusión y hasta pervivencia
física.
Conjugando la triple articulación censomapa-museo de Anderson, el Estado
argentino conjuró a su población negra
a la ausencia: no hay qué contar, no hay
dónde ubicarlos, no hay cómo (ni por
qué) representarlos. Por ello no hay
prácticamente lugares en la memoria
sobre ellos y así entroncamos directamente con el pensamiento de Halbwachs.
La participación argentina en el genocidio africano puede entenderse como una
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