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tenía hijos como cualquier otra cosa viviente. Esas imágenes quedaron grabadas en su fantasía infantil, al igual que los relatos sobre poderes mágicos, maleficios y ritos que después, como estudiante de Pintura en San Alejandro, se propuso plasmar. En las clases de Historia del Arte pudo confrontar cómo las más antiguas civilizaciones y culturas de la humanidad tenían de algún modo cierto punto común sobre la visión de la vida y la muerte, así como sobre los hechizos, conjuros y actos de magia para lograr el éxito en las batallas. Los sistemas de creencias mágico-animistas aparecían en los antiguos egipcios y griegos, así como en las culturas precolombinas inca, maya y azteca. Delgado Alfonso recorrió un largo camino de búsqueda e influencias que comenzó con Wifredo Lam y siguió con la obra neofigurativa de Antonia Eiriz y otros artistas que se aproximaban a los contenidos de las culturas africanas: Miguel de Jesús Ocejo, Pablo Toscano y Arnaldo Rodríguez Larrinaga (Grupo Origen); Ramón Haití, Rafael Quenedit, Ever Fonseca (Grupo Antillano)... La intención de Delgado Alfonso no fue repetir lo que hacían los demás ni reproducir los íconos y símbolos de los cultos afrocubanos, sino estudiar la obra de otros artistas para enriquecer formal y conceptualmente sus propuestas con nuevos contenidos propios. Siempre mantuvo amistad e intercambio de criterios con cultivadores del tema afrocubano como Belkis Ayón, Manuel Mendive y Santiago Olazabal, pero desde sus años de estudiante muchos otros consideraron su obra cosa rara o brujería de negro. Para Delgado Alfonso, rememorar las primeras impresiones con aquel amigo palero significó traer esa huella vital a su poética y discurso artístico. Acercarse a las prácticas —prohibidas, proscritas y rechazadas en cierto momento— permitió calar en la litúrgica ritual y las formas de preparar los trabajos religiosos, que siguen siendo secretos acumulados y heredados con desconfianza frente a los curiosos, como fruto de la discriminación y la represión durante siglos. En todas estas historias, escondidas en cazuelas o calderos de rustica manufactura, descubrió lo más primitivo y esencial del África Negra. Y con elevada factura técnica, matizada por gama armónica de colores, dio vida artística a los ingredientes con que los paleros preparan la Nganga: restos óseos —en los cuales está impregnada el alma del difunto— y elementos del mar y el río (caracoles, piedras, conchas…), metales e instrumentos de labranza, cadenas, raíces y palos del monte. Todos conforman el discurso artístico dentro de la poética personal de amor y odio, valor y miedo, verdad y mentira, fidelidad y traición. 108