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españoles de las Islas Canarias, territorios
africanos en sí, pero no implicados en el
proceso esclavista que signó el concepto de
afrodescendiente.
Entre los resultados no representativos está,
por ejemplo, que 92% nació en Argentina,
es decir: son afroargentinos, pero esta
variable geográfica (dónde nació) obvia otra
cualitativa: el proceso histórico por el cual
nacieron aquí. La categoría afroargentino
del tronco colonial enriquece con la
implicación del tráfico esclavista en que
participó el país desde la colonia y ayuda a
diferenciar a los grupos afros que eligieron
residir aquí por inmigración: caboverdianos,
afrouruguayos y afrodescendientes de otros
países americanos e incluso africanos
sudsaharianos.
Por imaginar un caso; si un descendiente de
esclavizados en este territorio y un hijo de
un inmigrante senegalés son afroargentinos
para el Censo 2010, el realismo estadístico
que implica reducir personas al números
también invisibiliza la textura sociocultural
histórica y distorsiona problemáticas
específicas, como
el reclamo del
afroargentino del tronco colonial al Estado
para su inclusión en los contenidos
curriculares escolares, que sólo atañe a éste
grupo y no a todo el colectivo afro.
Otros dos problemas del Censo 2010
estriban en cómo se socializó el tema afro.
El INDEC lo celebró como un paso inédito,
según el comienzo del capítulo “Población
afrodescendiente”: “Por primera vez en la
historia estadística argentina un Censo
Nacional”. El jalonarse pioneros queda
refutado al consultar los resultados del
primer y segundo censo nacional, que tienen
cifras al respecto, aunque construidas desde
otros paradigmas e intereses, por ejemplo: al
dar cuenta de los longevos, que era una de
las preocupaciones de entonces. También
lamentamos que los resultados de la Prueba
Piloto de Afrodescendientes, elaborados con
detalle (Stubbs y Reyes 2006), se ignoraran
por el Censo 2010, ya que su finalidad era
preparar el tema y a los censistas. La
presentación de lo afro como resultado del
censo de sólo una parte de la población
debió ser en calidad de muestra censal y no
como parte del propio censo. Si bien ello
está claro en la publicación del INDEC,
algunos investigadores (Bidaseca 2010,
Frigerio y Lamborghini 2013, Carniero
2013, Maidana, Ottenheimer y Zubrzycki
2014) y activistas afro simplifican la
cuestión y sobredimensionan su alcance al
homologar el Formulario A con el B y
celebrar una novedad que no fue tal: no es lo
mismo un censo que una muestra censal.
El Censo Nacional 2010 debió haber
contabilizado con la pregunta 6 únicamente
a los descendientes de esclavizados en el
territorio nacional, vale decir: los
afroargentinos del tronco colonial, pues con
ellos se tiene la deuda histórica por haber
participado del comercio de sus ancestros.
Los demás afrodescendientes debieron
censarse según su nacionalidad o, si
correspondía, como argentinos. Así se
hubiera obrado en consonancia con la
pregunta 5 del formulario, la pertenencia a
los pueblos originarios, ya que sólo
contempló aquellos que habitan el suelo
nacional antes de la invasión europea y no la
residencia ocasional de personas de otras
etnias americanas. De los resultados finales
se despende que la totalidad de los pueblos
censados son del país6 (Tomo 1, p. 272291).
Si el Estado hubiera atendido el compromiso
internacional de conocer la dimensión
cuantitativa de su población afro para
atender sus necesidades con eficiencia
(Campbell Barr 2010: 4)7, el Censo 2010
habría sido ejemplar y Misibamba no se
hubiera visto en la necesidad de hacer uno
con recursos propios bien escasos para que
la ciudadanía disponga de cifras coherentes.
Evidentemente, los movimientos sociales
empoderados, con falencias y defectos,
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