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La rumba secreta
Enrique Del Risco
Escritor
Cubano, residente en Estados Unidos
¿Cómo hablar de un secreto sin referirse a la manera como nos fue descubierto,
y más todavía, a la manera como sigue permaneciéndonos secreto?
María Zambrano, La Cuba secreta, 1948
F
ue en mi primer verano en Nueva
York. Debe de haber sido julio o
agosto de 1997. Cada domingo mi
mujer y yo cruzábamos el Lincoln Tunnel
desde Nueva Jersey para desembarcar en
Manhattan, ansiosos por tropezarnos con
uno de los tantos sitios míticos de la ciudad,
empezando por los que más atraen a todos
los inmigrantes recién llegados: los más
baratos o de ser posible, gratuitos, como el
Parque Central, Times Square, el Museo
Metropolitano, el de Historia Natural, el
MoMA, la estación Grand Central.
Una tarde nos llegamos al edificio Dakota, a
ver el sitio donde Mark Chapman le había
pegad o cuatro tiros al Beatle John Lennon.
Esperaba encontrarme, al menos, con una
tarja. Algo con lo que satisfacer mi
fetichismo adolescente. Hacía rato había
dejado de ser adolescente pero, ya se sabe,
ciertos instintos siguen vivos por mucho
tiempo. Para mi decepción no encontré nada
a lo que agarrarme hasta que al fin el portero
del edificio se apiadó de nuestro fervor
turístico y nos dijo que cruzando la calle, en
el Central Park, había una suerte de
monumento.
Strawberry Field se llamaba el rinconcito del
parque donde Yoko Ono había esparcido las
cenizas del difunto. Por supuesto, esa es la
canción que uno se pone a tararear nada más
que ve el cartelito que lo anuncia hasta que
se encuentra que todo lo que hay en
memoria del muerto —aparte de las
manadas de turistas y de hippies con
guitarras casi tan viejas como ellos— es un
mosaico en el piso que dice simplemente
“Imagine” y es el momento en que uno
cambia de melodía en el tarareo. Pero no
pudimos hacerlo por mucho tiempo, porque
entre las notas lánguidas de las guitarras de
los hippies fósiles se abrió camino, de
repente, la insistente percusión de unos
tambores que, pese a mi adolescencia de
cuando el rock andaba por prohibido, me era
irresistible y ejercieron sobre mí una fuerza
de atracción que ya quisiera el planeta
Júpiter para sí. Y en la otra punta del sonido
nos encontramos el borde de un laguito
donde, entre vendedores más o menos
clandestinos de cervezas y tamales, reinaban
unos rumberos machacando los parches de
sus tumbadoras. Yo —que en Cuba nunca
estuve en un bembé ni fui al turístico Sábado
de la Rumba— quedé embelesado como si
viera a Cristo haciendo joggin sobre las
aguas del lago. Pero no, me dicen. Es toda
una tradición. Todos los domingos del
verano se reúnen desde hace décadas en ese
sitio a tocar rumba principalmente cubanos y
boricuas con una espontaneidad y una
constancia que nunca conocí en La Habana.
Detrás de eso seguro había una historia, debí
haber pensado
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