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Viven dondequiera y el tiempo que quieran
sin dar explicaciones.
Poco a poco, el concepto de nación fue
revitalizándose y la idea de que amaban su
país afloró con más fuerza en la medida en
que se sintieron más libres de expresarse,
más libres de la sujeción del compromiso.
-Cuba es única, es especial.
-Me quedaría en mi país si me trataran como
a una persona.
-Si de verdad se arreglan las relaciones con
Estados Unidos, yo no me iría.
-Sí, me gustaría poder decidir lo que sucede
en Cuba.
Con excepción de la generación que
participó activamente en las luchas
clandestinas o en las guerrillas de la Sierra
Maestra o en los cambios producidos por la
entonces naciente revolución (y que
aceptaron íntegramente el resultado), las
generaciones siguientes que se negaron a
sostener un canon inalterable se han ido
sintiendo más y más excluidas del destino de
su patria.
En Cuba hasta los logros sociales son
impuestos: la solidaridad internacionalista,
las campañas de vegetarianismo desatadas
en los 90s, las actuales campañas contra la
homofobia. La iniciativa civil está
esterilizada. Por consiguiente, la reacción
real ante cualquier buena causa es
escepticismo y resistencia.
Uno de los daños identitarios más
demoledores y causa de la actual y
reconocida oficialmente “crisis de valores”
fue la extirpación del pensamiento religioso.
También la omisión de las ganancias en el
campo de la protección animal, que ahora
mismo es objeto de lucha por la aprobación
de un proyecto de ley que solo es un primer
peldaño hacia la civilidad.
La atención mediática dada a las culturas
española y africana ha desplazado por
completo el sentimiento de identidad con el
aborigen, aunque algunos estudiosos
aseguran que el legado de nuestros
originarios ancestros no fue tan primitivo,
que su cultura conllevaba un proceso
evolutivo: la conciencia de un origen divino
que desemboca en un estado divino. Este
concepto es una carencia visceral en el
proyecto de nación que surgió a partir de
1959.
Incluso religiones finalmente oficializadas,
como la católica o la yoruba, en su actual
estado de cristalización, no son capaces de
detener o revertir la degradación espiritual y
moral que convulsiona el país. La primera,
porque su propio dogma excluye el aspecto
esotérico que puede propiciar estados
superiores de conciencia; y la segunda,
debido a que en la forma que se aplica
genera impiedad hacia los animales y
suspicacia respecto al prójimo en lugar de
solidaridad. Una enfrascada en la lucha por
el poder político, y la otra explotada como
destino turístico y convertida en símbolo de
jerarquía social, han debilitado su potencial
regenerador.
Otro daño antropológico profundo ha sido la
naturalización de la mentira y la
legitimación de la vulgaridad como
sinónimo de cubanía. En todos los pueblos
hay ordinariez en los estratos sociales más
bajos, que no constituyen emblemas de
nacionalidad.
¿Qué es Cuba?
Paradójicamente, el cubano que no siente
orgullo de su país ni del trato que en él
recibe, se siente orgulloso de sí mismo. Ser
cubano implica una condición indefinida e
indefinible, que rebasa la imagen
estandarizada y explotada, por ejemplo, en
nuestro propio cine: ese estereotipo
ostentado por muchos ante los turistas como
parte de un desesperado mercado de
sobrevivencia: el sexo, el baile, la alegría.
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