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E l viernes 10 de julio la Mesa Redonda, programa insignia de la heráldica gubernamental, estuvo dedicada al bicentenario de Mariana Grajales. No podía menos que recordar las burlas de reconocidos historiadores ante el reclamo de sus colegas de Santiago de Cuba en el Congreso Nacional de Historiadores, hace más de diez años, para que se consagrara definitivamente a esta insigne cubana como Madre de la Patria. Tampoco dejaba de ser recurrente el pensamiento de cómo por tantas décadas fue abandonado a su sistemático deterioro, en un céntrico parque de La Habana, el monumento a la matriarca del clan de próceres independentistas Maceo-Grajales. Cómo olvidar que a la sombra de ese monumento, erigido en 1931, los miembros del Comité de Ciudadanos por la Integración Racial (CIR) soportan acoso y represión al rendir homenaje a Mariana cada Día de las Madres. Incluso viniendo de simpatizantes del régimen, resulta increíble el aparatoso operativo, con derroche de fuerzas, medios y logística, sólo para impedir que una decena de cubanos brindaran una sencilla ofrenda floral a la madre de los Maceo. Durante muchos años, como otros tantos afrodescendientes ilustres de nuestra historia, Mariana Grajales ha sido insuficientemente reconocida y recordada. Así, la Mesa Redonda la tomó de cuando en cuando como ejemplo y bandera coyuntural; sin embargo, los sistemas de educación y propaganda, totalmente estatizados, no hacen valoración sistemática y profunda de la significación y trascendencia de esta figura como paradigma de la enorme contribución de la mujer afrodescendiente y humilde a la conformación de la nación y a sus luchas libertarias. Al apreciar el barraje propagandístico que exalta las imágenes y ejecutorias de figuras de especial interés para las autoridades cubanas, como Ernesto “Che” Guevara, Vilma Espín, los cinco espías liberados de prisiones norteamericanas o el finado presidente venezolano Hugo Chávez, llama la atención que no se conceda a la familia Maceo Grajales el valor que merece en nuestra memoria y referencia histórica. Poco se dice de los altos valores humanos, éticos y patrióticos que llevaron a Mariana Grajales a educar a todos sus hijos en el indeclinable compromiso con las causas justas, a conducirlos a la manigua redentora, donde se destacaron como excepcionales guerreros y jefes militares. Muchos de ellos entregaron su vida a la causa de la independencia. De igual manera, el más renombrado de los hijos de Mariana Grajales, el mayor general Antonio Maceo, uno de los personajes universalmente más reconocidos del siglo XIX, nunca es valorado como gran líder político, antirracista y comunitario, ni como el gran empresario que fue. Los gobernantes cubanos reparten y niegan honores e investiduras según sus intereses y preferencias. Con total facilidad designaron poeta nacional al comunista y acólito Nicolás Guillén, a quien por cierto nadie sensato negaría su altura y trascendencia intelectual, mientras en el Museo Nacional de la Danza no se exhibe ni siquiera una sola fotografía del gran bailarín Carlos Acosta, a pesar de su excepcional trayectoria universalmente reconocida. En el caso de Mariana, nada han hecho las autoridades de La Habana para promover el efectivo reconocimiento de la insigne patriota como Madre de la Patria, propuesta y demanda que proviene de la década de los cincuenta. En la Mesa Redonda intentaron mencionar a otras mujeres destacadas en las luchas independentistas. Los especialistas invitados no hicieron referencia a la participación de las mujeres afrodescendientes en las asociaciones civiles que, por más de un siglo, promovieron los derechos de este 105