Ella esta amordazada y amarrada a una
silla. Yo no puedo creer que este aquí.
Escucho una risa a mi espalda. Volteó con
el arma apuntándole al corazón, no
puedo creer que es mi jefe, quién me
mira retador. La señala, me mira, luego se
sienta espectador, mientras ríe, se burla
de mí, la desgracia.
Quiero matar al imbécil pero sería más
fácil acabar con ella. No le dolería.
Mientras estudio mis opciones escucho a
lo lejos el llanto de un bebé. Eso me
desconcentra. Ella patalea. Siento que
me prendo en llamas.
- ¡No, no, no! ¡Joder!
Él se acerca a ella con su arma, no sé qué
hacer, apunta a su cabeza y jala el gatillo.
Muy dentro de mí estoy consciente de mi
alma la ha mutilado. Me he quedado sin
fuerzas, veo borroso. Me sujetan por la
espalda, levantan el arma que tengo en la
mano y delante de mí está el hijo que
abandone, lo reconozco a pesar de los
años que llevo sin verlo. Con una presión
inmensa, disparo. Y mis ojos se llenan en
lágrimas. Me derrumbo en el suelo,
agotado. Mientras escucho entre los
zapatos de charol que se alejan un
teléfono sonar.