El Pago
Aline Rodríguez
Ciudad de México
Las gotas de sudor comienzan a
resbalarse por mi cuerpo. El día es
excesivamente caluroso. No deseo
trabajar. Pero ya no quiero seguir
esperando, el teléfono no suena y mis
manos arden de dolor.
Consiente estoy de que me marche de
sus vidas para que fueran felices,
entonces no comprendo porque estos
espasmos me sofocan. Me toca vivir mi
propio viaje aunque sea demasiado
corto.
Me quedo observando el celular, nada.
- ¡Maldito tiempo!
Miro a mi equipo y lo único que puedo
sentir por ellos es repulsión. Nos hemos
equivocado. Me sobresalto.
- ¡Estúpido celular, ya llegó la hora!
Me levanto del banco, tomó la pistola
que está en la mesa y me dirijo a la
puerta.Las camionetas nos esperan,
como lo había prometido. Otra vez esa
imagen donde la leche de recién nacido
me golpea, sé que soy un hombre de la
calle pero odio sentirme como un hijo de
puta.El recorrido se vuelve interminable,
yo solo quiero matar para aliviar a mis
demonios.
Llegamos finalmente a la cita, un lugar
desierto, un lugar muerto. Una casa de
gente rica, puro galán de pollería. Será
como cualquier casería, mucha sangre,
poco veneno, cadáveres caídos. Todo me
dolerá está noche así que no necesitare
inhalar mota para dormir. Menos mal.
Bajamos de las camionetas, caminamos
hacia la entrada de la puerta y uno de los
chicos avienta por la ventana una de las
bombas de gas lacrimógeno. Se escuchan
gritos dentro de la casa. Doy la señal,
entramos sin aviso previo. Sabemos que
debemos hacer. Entrar a ese recinto me
incomoda. Demasiada luz para tanta
oscuridad.
La técnica es la misma de siempre, sacar
las armas, matar y matar. Le disparo a
dos abuelos que están frente a mí. Me
rio, aún tengo miedo. Subo las escaleras
que dan hacia los cuartos de arriba, con
el arma en la mano, me dirijo lentamente
hacia la derecha, ahí hay una habitación,
entro pero me quedo paralizado. El
rostro que me había estado persiguiendo
por años estaba delante de mí, ya no tan
angelical como lo recuerdo, golpeado y
magullado me veía con ojos asustados.
Mi mujer. No comprendo, ¿qué está
pasando? Siento un que un frio me
recorre la espalda.