que se llevaba a cabo encima de mi
cabeza que no preste mayor atención.
Seguí caminando y lo que parecía un
par de metro se convirtieron en
kilómetros de recorrido. Llegué a una
cornisa… el punto perfecto de
observación pues podía unificar
ambas maravillas visuales en un
mismo punto de visión; casi parecían
tocarse cielo y tierra en el infinito
horizonte. Recosté mi cabeza en una
pequeña porción de hierba seca que
parecía estar allí, solo y únicamente,
para servirme de almohada. Miré a
las alturas y advertí que las flores
brillaste del cielo titilaban con cierta
incontinencia, pero lo que parecía un
patrón sin ningún orden aparente,
poco a poco se transformó en la más
pulcra de las coreografías; y al ritmo
de aquella danza, volví a ceder mi
cuerpo ante el sueño.
Volví a despertar en la misma cornisa
donde dejé reposar mi cuerpo, pero
las estrellas que antes velaban mi
s u e ñ o, ya n o e sta b a n . A q u e l
espectáculo se había extinto con la
llegada de un nuevo amanecer. Solo
se quedaron conmigo dos de esas
hermosas rocas brillantes:
La primera, tan grande como
cualquier planeta que rodea a la
tierra, imponente y cautivante, cuya
belleza radica en su poder de
destrucción y se contradice a sí misma
al ser un motor sustentador de la
vida: el brillante sol.
La segunda, no tan grande como la
primera, quizás no es notada ni por la
mitad de personas que admiran al sol,
no tiene un poder destructivo que
haga merecer el respeto de todos, ni
hace florecer la vida en todo un
planeta. Pero su tamaño no es
referente a su autenticidad. Tal vez no
es notada por todos, pero es
admirada por mí. Su único poder
destructivo es corromper la simpleza
de mis días. Su belleza no radica en
solo un aspecto o una cualidad, lo
hace en toda la extensión de su
existencia. Y aunque no hace florecer
la vida en todo un planeta, lo hace en
e l f o n d o d e m í : S i e m p r e y
únicamente, Tú.
https://m.facebook.com/
Escritosqueescribo
#33