Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 68
Historia insolita de la musica clasica I
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Alberto Zurron
tarde trabajo más o menos como albañil: transportar arena,
etc. […]. Estoy fatigado, al límite de mis fuerzas.
También los despistes podían jugar malas pasadas y provocar que por la
hilaridad de los incultos o de los diletantes se arrastrara una aflicción de por
vida. Corría marzo de 1917 cuando Gershwin (18 años), mirando por el
retrovisor sus recientes correrías por las calles de su Brooklyn natal,
encontró empleo de pianista de segunda fila en el Fox City Theater, un
tugurio de vodeviles, más en concreto en el «turno de cena», con la misión
de amenizar la concurrencia cuando la orquesta se retiraba de escena para
descansar. Gershwin sustituía a Chico Marx, pero abandonó su puesto ya el
primer día, no por el peso de la responsabilidad, sino por las risotadas de
platea. Tocaba una melodía que no se correspondía con la canción del actor
en escena, así que este le ridiculizó en público y los presentes corearon la
farsa. El músico se levantó tranquilamente y sin pasar por las oficinas se
marchó del teatro para siempre. «Esa experiencia dejó una cicatriz en mi
memoria», diría más adelante.
En otras ocasiones los compositores se sentían humillados no por camaradas
de profesión, ni por el público, ni tampoco por la crítica, sino… ¡por el
régimen! Shostakovich era uno de ellos; la mitad de su vida la pasó
encorsetado por el miedo y como, al igual que Nietzsche, no aspiraba a ser
feliz, sino a ver cumplida su obra, terminó por someterse al lápiz corrector
de Stalin. Contribuía a la rendición una cuestión de arbolado genealógico: el
compositor tenía mujer e hijos, así que eso lo cambiaba todo. Rostropovich
también tenía dignidad, además de familia; por eso la operación aritmética le
salía bastante más peligrosa que a Shostakovich. Las décadas de los
cuarenta y cincuenta eran complicadísimas en la Rusia soviética, en especial
para los artistas, en su calidad de animales pensantes. Cuenta el religioso
Mijaíl Árdov cómo las ganancias del artista soviético al que se le permitía
actuar en el extranjero eran expropiadas casi en su totalidad por el Estado,
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Preparado por Patricio Barros