Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | 页面 485

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron La educación juvenil de Puccini fue muy severa, incluyendo la de su tío Magi, que le soltaba una patada en la espinilla cada vez que desafinaba con el canto. Quizá gracias a eso el chaval orientó sus pasos a la composición y no al canto, pero le quedó como secuela un temblor en la pierna que se manifestaba cada vez que un cantante desafinaba en escena. Cuando Richard Strauss se sentaba al piano caía en gestos sumamente ridículos, hasta el punto de que siendo frecuentes las visitas de Paderewski a su casa, donde tocaban juntos, este regresaba a la suya y tocaba ante el espejo para examinarse a sí mismo, comprobando con fatalidad que él también padecía el mismo mal. No se separó de los espejos hasta que erradicó todos y cada uno de los gestos superfluos. Las muecas que hacía Robert Schumann cuando tocaba el piano tampoco debían de estar nada mal, si bien venían propiciadas por el mismo vicio en que incurría Glazunov: un eterno cigarrillo suspendido de su boca. A su amigo Emil Flechsig se debe esta estampa: «Cuando componía adoptaba una postura muy singular. Como chupaba permanentemente un cigarro, el humo siempre se le metía en los ojos, de modo que se sentaba al piano con la boca y la colilla del cigarro vueltas hacia arriba y mirando de reojo hacia abajo sus manos, mientras hacía las muecas más extraordinarias. Le agradaba silbar o murmurar para sí la melodía de la canción que componía, y resulta casi imposible hacer eso con un cigarro en la boca». Sigamos con Schumann, quien hacia 1852 (42 años) empezó a interesarse por el espiritismo. Al principio sumó algunos fiascos, pero un día la mesa que empleaban reaccionó a sus preguntas y se desató la emoción, una emoción que transmitió por carta al pianista Ferdinand Hiller, informando de cómo a la pregunta de cuáles eran las primeras notas de la Quinta sinfonía de Beethoven la respuesta había sido correcta, si bien a un ritmo muy lento que Robert se encargó de corregir amablemente al mueble. «Después le pedí que adivinara el número en el cual estaba pensando y respondió correctamente: Tres. Fue como si estuviéramos rodeados de milagros». Cuando en aquella 485 Preparado por Patricio Barros