Historia sobre la música clásica. Historia insolita de la musica clasica I - Alberto | Page 483

Historia insolita de la musica clasica I www.librosmaravillosos.com Alberto Zurron parte el escritor Henri y Meilhac, uno de los libretistas de Carmen, se felicitaba por haber pasado junto al compositor dos días enteros, aunque con un óbice: «Nunca me han besado tantas veces en tan poco tiempo». Scriabin era un obsesivo compulsivo que debía lavarse las manos cada poco y era incapaz de tocar el dinero si antes no se ponía unos guantes. A la hora de preparar los programas de mano había que contratar a veces a catedráticos de filología; de lo contrario podían esperarse auténticas debacles si quien actuaba era Vladimir Horowitz, llegando a anular recitales porque los programas contenían errores caligráficos. Eso sí, cuando no suspendía un concierto lo daba todo dentro de él. Hasta la última nota. La meticulosidad con que interpretaba las obras era antológica. Recordaba en sus memorias Arthur Rubinstein cómo tras un recital multitudinario de Horowitz en el Teatro de los Campos Elíseos se acercó al camerino para felicitarle. Cuando la manta de admiradores le hizo un hueco, un compungido Vladimir pudo confesar al oído de Arthur: «¡Uf! Di una nota falsa en la Polonesa-fantasía». Stravinski tenía una forma muy peculiar de vender a sus colegas la calidad de sus composiciones. Podemos decir con el poeta Pedro Salinas que «lo que eres me distrae de lo que dices». O sea, de lo que tocas. El director de orquesta Pierre Monteaux contaba las sensaciones que le causó cuando un día de 1912 el ruso tocó para él una reducción al piano de su Consagración: «Al poco rato me convencí de que estaba loco como una cabra […]. Hasta las paredes retumbaban mientras Stravinski aporreaba el piano, pateando el suelo y poniéndose a saltar de vez en cuando». ¿Fervientes ahorradores o hirvientes tacaños? Decidan ustedes. Vincenzo Bellini ya era rico y famoso a sus veintisiete años gracias a su ópera El pirata, pero su tacañería le impedía gastar en restaurantes otros días que no fueran los viernes y los sábados; incluso intentaba ahorrar cinco centavos con cada carta que enviaba llevándola en persona o a través de un recadero. En su adolescencia Stravinski prefería ir a pie al instituto de San Petersburgo para ahorrarse el billete del tranvía. La contrapartida estaba en la distancia: 483 Preparado por Patricio Barros